Subir montañas. Aprender, avanzar y mejorar… siempre mejorar. Luchar y perseverar… siempre perseverar. Imaginar y soñar… siempre soñar. Compartir, sentir y reír… siempre reír. Fracasar y triunfar… como aprendizaje. Intuir y prever…puede no ser cierto lo que ves. Entender el entorno… que no conoce piedad. Escuchar las señales… que son legión. Navegar… con calma justa. Decidir… es tu libertad. Asumir el sufrimiento… que alguna vez llegará. Proteger… el compañero es tu mitad. Corazón caliente y sangre fría. Humildad debida.
Aún así… nada es seguro. Nadie te obligó… y a nadie exigirás.
Luego… bajar de allí… con las mismas reglas.
Vivir.


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miércoles, 18 de febrero de 2026

La esfera... el recuerdo

A eso del mediodía, del recién estrenado 2026, una cuña de grullas rompe el silencio de la dehesa, al igual que se rompe el cielo abriendo claros, según avanzan como un rompehielos, buscando el norte.
Lluvia, viento, heladas... todo a la vez y a la vez de todo, han devastado el campo que parece "un hospital robao" -así decían los viejos de antes, que los de ahora así recordamos-. Pasto ralo y falto de sol, caminos embarrados, praderas encharcadas, arroyos desbordados, techumbres de pajares descuidados, al suelo; encinas centenarias abatidas de raíz, fresnos tronchados y miles más de ramaje colgante; fauna escasa... y "ganao" triste, al igual que los perros y el amo, todo durante días, semanas y meses que parecen años.
Llega una noche despejada, un día de febrero y vuelven a brillar estrellas con la fuerza del frío. Aprovecho para dar trabajo a la motosierra y al mazo de rajar, que raja bien si el operario aguanta el tipo.

Va para 22 años que volé sin tener alas y por alguna razón se me permitió seguir viviendo.

Un mes de septiembre, del mismo año (2004) y tras meses de recuperación, quise recoger las energías que abarrotaron el lugar, aquel pequeño espacio donde me asediaron los fantasmas de un ejército salido de las llamas.


Trepo por el mismo canalón que fue hielo y ahora esquivo agua a raudales. Mantengo la vista en el paño donde se forma la cascada, ahora chorreando y lamiendo roca oscura, buscando la pequeña repisa donde me descolgó Gabi: el lugar del encuentro.

Late el corazón al punto de oír su ritmo ¡y eso que ando duro de oído desde el día de marras! Una fisura amable, de las de empotrar puños, me deja en el justo sitio... lo reconozco porque lo huelo, al igual que huele la nieve, el frío y el miedo. A un lado veo un tornillo "troncocónico", de esos con tacos que se metían en hielo a martillazos, está empotrado en la roca hasta la mitad y cuelga un cintajo... esto fue cosa de Gabi en su descenso a buscar ayuda; este no lo toco, pero sí me llevo otro clavo de roca tipo "lost arrow" que localizo más abajo... lo de "material abandonado, material recuperado" ¡aún me puede! 
Luego, ya en la repisa, encuentro entre piedras un mechero y restos de colillas -filtros- que solo pueden ser míos ¡a no ser que los jinetes que me atravesaron, fumaran de mi tabaco! No recuerdo haber podido encender el pitillo pero ahí queda eso.

He subido con una cerveza, un sándwich de mortadela y ya, desde el coche, en pies de gato.

Brilla el sol que da gusto y me gusta buscarle a la cara, mientras recuerdo recordar aquellas horas de lucha que ya quedan lejanas en el tiempo y frescas en la memoria. Bebo, como y fumo... sin prisa, recorriendo con la mirada el espinazo del Galayar, justo enfrente del Cervunal.
Estoy solo y no me visita el tipo ese que vigilaba mi sueño, tampoco regresa la caballería ni me cubre la nieve caída de arriba... mismo lugar y todo diferente. 


Poco antes de que el sol se esconda, destrepo lo subido y vuelvo a recorrer, esta vez por mis medios, el río Pelayos, repleto de bolos, pozas y raíces curtidas... el mismo río que arrastró mi sangre.
Estoy conforme y en paz.

En estas dos décadas han ocurrido muchas cosas... las más tristes siempre son por la pérdida de familiares, amigos y conocidos que, por accidentes o enfermedades, no pudieron aguantar el envite; para todos ellos mi pensamiento.

Entre las felices quedan escaladas, con o sin cumbre ¡de todo hay en la viña y uno es experto en bajarse de cualquier "lao"! Me llevó tres o cuatro años regresar al Himalaya y darle un tiento al Ama Dablam, así como Patagonia con su Cerro Torre. A pesar del dolor "llevadero", constante, de una espalda tocada pero en orden, también los Alpes me permitieron recorrer la más amable de las nortes: la Cassin del Piz Badile, con un primer abandono entre tormenta furiosa, para no perder la costumbre ¡perfecto para mis vértebras! Pirineos con su "clasicorra" Salenques/Tempestades... y Gredos que siempre me recibió con nuevos itinerarios en hielo y roca, unos cuantos.

De lo poco que sé, ya puedo confirmar que lo importante es perseverar, aguantar el tipo ¡sin piedad! y ofrecer a los demás, a pesar de los errores que se puedan dar: Pasión, voluntad y sufrimiento.

También están los que nunca olvido: los que, con su esfuerzo, me regresaron a la vida:

"Mi agradecimiento a los Guardias Civiles del EREIM (Arenas de San Pedro), Manuel González, Pedro Carvajal y Alberto Manuel Montero... a los del GREIM (Barco de Ávila), Fernando Rivero y Luis Cáceres... Y los amigos, Ángel Rituerto, Julio Blázquez, Pedro Rodriguez, Fernando Pinar, Juan Prieto, Javier Perandones y José María Mancebo.
Gracias a todos ellos sigo vivo.
Por supuesto, familia y amigos que siempre estuvieron cerca; principalmente a Esther... día y noche al tanto... que tiene lo suyo".

Sigue la vida, con más bagaje... a la espera de novedades, que llegarán ¡se ponga uno como se ponga!

martes, 1 de abril de 2025

Carlos Suárez... la pasión.

" No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña, nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra, 
la poderosa obra continúa:
Tú puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros "poetas muertos",
te ayudan a caminar por la vida.
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas".

(Poema apócrifo atribuido a Walt Whitman)


Han pasado catorce años desde que Carlos escribiera sentimientos y pasiones que le perseguían desde que llegó al mundo.
Hoy, recién estrenada la primavera, me llegan noticias sobre su partida de este mismo mundo... donde vivió con poderosa actitud.
Desde la dehesa castellana que habito, contemplo la línea de nieve, blanca en exceso, que divide la Sierra del Cabezo, a media altura... del valle del Tiétar; más allá queda el Gredos salvaje que también blanquea con fuerza. 
Entonces me alcanzan recuerdos.

Un invierno de los años 90 nevó por los Alpes "chamoniardos" lo que no está escrito. Una semana sin salir de la  casa/rodante, lo que vienen llamando "mobil home" en el camping de "les Rossières".
Por allí apareció Carlos, aburrido y tristorro, más solo que la una y al que invitamos unos cuantos días a comer, cenar e interminables partidas de parchís.
A duras penas pudimos llegar a Ginebra, para dejar en el aeropuerto a una parte de la familia que me acompañaba; y continuar, Carlos y yo, un viaje por carretera de los de recordar.

Una semana de encierro da para mucho y allí hablamos de pasiones, riesgos, materiales, revistas, deseos cumplidos y por cumplir.

En su libro, que amablemente me dedicó, desgrana la filosofía que imprimió a su vida... sus compañeros de viaje y aventuras, y los sueños que soñó soñar.


De su historial y recorrido por las montañas de la Tierra, hay poco que decir... bastará con teclear donde "no ha estado" y revisar su "carrerón" impresionante.

No tuvimos oportunidad de escalar juntos, así son las cosas cuando el azar así lo decide... Pero sí tuvimos oportunidad de reír y "gamberrear" por el Pirineo, cuando un amigo común, nos invitó a su boda en el Parador de Artíes y allí... allí disfrutamos de lo lindo ¡sin escalar!

Un fuerte abrazo, Carlos, allá donde te encuentres.



miércoles, 8 de enero de 2025

Belén de cumbre.

 

... las "zetas" de Galayos (Gredos). Autopista al cielo...

Me alcanza un recuerdo de cuando la pandemia, conjunciones planetarias y cenizas al viento. Parece  lejano aquello, pero no lo es tanto...

"Dejamos a un lado el Nogal del Barranco y nos liamos a subir la cuesta que cuesta. Un camino empedrado que, la gente de montaña, llamamos "carril", sobre el que se deslizan gravas y pequeñas lajas sonoras; una música metálica que aumenta cuanto más soledad existe.

Atrás va quedando el pinar que, en nuestro caminar y con un par de "zetas" largas y amables, nos sitúa a cierta altura del río Pelayos, repleto de bolos viajeros que las tormentas se han encargado de moldear. Se empina el camino y se acortan las "zetas"; buen trabajo de obreros y maestros canteros, construido para que el rey Alfonso XIII alcanzara buen lugar de tiro a la cabra montés.

Cuando ya el terreno anuncia montaña, poco antes de las fuentes, me da por pensar que no estoy seguro de querer estar. Ángel y Juan, me han convencido para vivaquear en la cumbre de la Mira ¿vivaquear en la cumbre de la Mira? Pero si ya estamos hartos de ambas cosas: vivaquear y la Mira.

Es 25 de diciembre y no tendremos cena familiar "como es debido", pero ¿hay algo como es debido en éste año?

Va quedando el Pelayo allí abajo, mientras se alzan a la derecha las primeras agujas y paredes del Galayar. Aparecen parches de nieve sucia y encontramos la fuente del Amanecer y luego, más arriba, la de Macario "el guardián de Galayos"; gentes de Guisando, su pueblo, montañeros y escaladores, guardamos su memoria y sentimos la pérdida.

Hace rato que se escondió el sol por el Cervunal, una montaña que me respetó la vida cuando poco valía. Menudea la luz en nuestro camino, ya convertido en garganta pétrea y salvaje. Estos dicen que tenemos que arrear, hay que llegar a la Mira antes de que se esconda el sol por el horizonte, pero ¿qué traman estos dos? Me llevan a matacaballo y, en una de estas que puedo levantar la vista del suelo, distingo estrellas brillantes en un cielo azulón; bueno ya se sabe que cuanto más frío, más brillan las estrellas en un firmamento que llegará al añil.

Hace rato que sobrepasamos el refugio Victory, nido de amantes de los Galayos, montañeros y escaladores; así llamado en honor de Antonio Victory: pionero de raza.

Por fin, ya entre dos luces, enfilamos la loma que sustenta la Mira, coronada por una torre de buenos cantos y que sirvió de telégrafo óptico en tiempos pasados. También recibía, hace décadas, visitas de la muchachería de pueblos cercanos que, arropados con mantas desechadas por viejas, encendían chasca con piornos recogidos a la subida; todo para iluminar la noche por las alturas.

Suena la pisada con el crujir de la escarcha que espolvorea un suelo repleto de cascotes.

Llegamos a la cumbre justo cuando el sol se esconde y entonces, estos dos, desaparecen de mi vista: uno hacia el Sur y otro al Oeste.

Si no lo oigo, no lo creo. Ángel confiesa estar aquí para observar la conjunción planetaria de Júpiter y Saturno. Juan, fiel a la tradición clásica montañera, ha escondido un pequeño belén de barro, fabricado por sus nietos. Yo... Yo no sé que hago aquí, pero aprovecho el momento y cumplo con un rito personal: lanzo al viento cenizas de seres queridos; un pequeño bote que relleno en casa, siempre viaja en la mochila y reparto por las montañas de esta Tierra.

Me apresuro a buscar sitio y encender el hornillo para calentar una cena escasa.

Hace frío y, ya dentro del saco, mientras me adormila el ronroneo del infiernillo, llegan estos dos con una sonrisa que todo cura.

Misión cumplida: belén de cumbre, conjunción planetaria y cenizas al viento.

De cena: sopa de sobre.

Una Navidad distinta... El año de la pandemia".

lunes, 30 de diciembre de 2024

La rimaya.

Entre dos luces, a punto de que la tarde pase a noche por la dehesa castellana, cuarteo las últimas rodajas de la recién caída encina que no resistió el último viento de la temporada y entonces... entonces, me alcanza una brisa que me hiela el sudor de la espalda.

Me recuerda al frío de la rimaya: ese espacio que separa hielos del glaciar del muro rocoso donde comienza la pared, un lugar, a veces imposible de sortear, otras amable pero inquietante y casi siempre difícil de superar.

Suelto la maza y recojo los trastos: motosierras, gasolinas, aceites, limas, cepillos, embudos, trapos, botiquín, máscara y guantes; por cierto, esto de hacer leña tiene tantos bártulos como escalar... y también conviene ser cuidadoso para triunfar.

Se acerca el "ganao" del vecino, a ramonear, mientras los perros lo mantienen a cierta distancia; que no es que embistan... pero ¡y si sí!

¡Pim, pam, pim, pam! Nada hay como darle al hacha, para mejorar.
Ya lo dice el refrán: "Cuatro veces calienta la leña: cuando se corta, cuando se carga,
cuando se descarga... y cuando se enciende".

Toda la escena puede convertirse en el relato de una escalada alpina, incluyendo compañeros y cosas a recordar.

En casa, mientras suena la "italiana" y la noche ya es negra como la rimaya y el café que borbotea sin piedad, reviso los cuadernos de espiral, buscando recuerdos que recuerdo haber escrito:

"... andar y desandar, subir y bajar, trepar y destrepar... durante horas y días; perdido el sentido del tiempo, solo el cansancio como medida para descansar... calentar un té y continuar.

El valle, la morrena y el glaciar; la rimaya... y por fin la pared.
Luego - nunca es seguro - unos días más tarde la cumbre.
Y de nuevo la pared, la rimaya, la morrena, el glaciar... y el valle, que siempre se antoja más verde.
Igual que al comenzar, pero en sentido inverso... igual que siempre pero siempre diferente.
Soñaste que soñabas un sueño, como tantos otros sueños que sueñas soñar; no conseguirás todos los sueños que sueñas, pero lo importante es soñar que sueñas alcanzar un sueño - a estas alturas ya debes saber que lo importante no siempre es el final -... que no alcanzarás todos los sueños que sueñas... y que los sueños sueños son...".

La rimaya se traspasa entre dos luces, casi siempre; del glaciar a la roca, también puede ser a hielo o nieve dura que se resistió a despegar de la roca... pero vamos... que al final tendrás roca pulida y fría. Una zancada, en el mejor de los casos, y ¡zas! recibes el aliento procedente de la negrura; así como cuando recorres el pasillo de los yogures, en tu "súper" preferido.

...rimaya "amable" en la entrada a la vía Contamine de
las Petites Jorasses (Alpes)...

También ocurre que puedes tener más problemas si al huir de la pared, se ha de atravesar la rimaya al descenso, como nos ocurrió en la norte clásica del Cervino... un invierno:

"Todo fue perfecto hasta que, envueltos en la ventisca, traspasamos lo que creíamos era la rimaya, y empezamos a destrepar una pala de nieve que intuíamos nos llevaría dulcemente al glaciar.
Pero no fue así... la montaña es aprendizaje continuo y no todo es lo que parece.

Resultó que la vertical de las cuerdas nos llevó bastante más a la derecha de la entrada que iniciáramos en la madrugada, y ocurrió que nos encontramos con dos rimayas más, que no vimos ni se nos ocurrió pensar existieran; desde arriba no se mira igual... y se hace necesario escuchar las señales.
Todos atados, todos destrepando la pala de nieve, cara a la pared, y ¡zas! de repente coloqué un pie en el aire justo para ver, con el subidón de adrenalina y ya volando... la bóveda azul celeste que se abría ante mí.
Un tirón, un parón... y otro tirón que me llevó al suelo.
Luego llegaron los compañeros, que se estrellaban a mi lado, envueltos entre las cuerdas y espolvoreados de blanco.
El último, claro está, recorrió más metros... y jamás le preguntamos que sintió, solo que salió perjudicado y hubo que empezar a navegar, ya en noche cerrada, con ventisca y cuerpos acorazados de hielo... para encontrar el regreso al refugio Hornli".

Las rimayas son como la vida misma: nunca se sabe lo que te espera. Y pueden ser enormemente largas a lo ancho, anchas a lo largo, rectas o curvas... incluso caóticas, también invisibles... y hablan, a veces mucho.
Normalmente te esperan al principio de la pared, pero también habitan en los enormes seracs que taponan una ruta ¡y tocará atravesar otra rimaya, te pongas como te pongas!

... rimaya larga ¡de largo!

Las sensaciones de bajar a lo negro de una rimaya son exactamente iguales a las de descender a una grieta... así lo viví en el Pucaranra (Cordillera Blanca-Andes)

"... lanzo las cuerdas al fondo de la grieta, con un gesto de perezosa dulzura... suplicando, en silencio, que todo salga bien.
Me recibe el frío aliento de la negrura; pocos metros más abajo ya se pierde el nylon y penetraré en un reino que no logro ver.
Me coloco en el borde, como un reo pisaría la trampilla que cederá, y -al mismo ritmo que la fiebre me obliga a un lento parpadeo- cruzo la última mirada con Javier que, sentado en la nieve, afianza con su peso la única estaca de aluminio de la que colgaremos; no sé... veo cansancio en sus ojos y -si pudiera verme- miedo en los míos.
Solo unos pocos metros y ya estoy helado... solo unos segundos son suficientes para robarme el calor; oscuridad rota por los rayos de sol que luchan por entrar; arriba... cada metro más lejano... un agujero de esperanza que se hace más y más pequeño, mientras desciendo hacia un espacio desconocido.
Caen cristales de nieve cuando las cuerdas cortan el borde, como el acero caliente la mantequilla; me gusta y alzo la cara para  recibir aquello que cae de la luz.
La tarea será encontrar una posibilidad para alcanzar la otra orilla de esta grieta -en un glaciar colgado, cercano a los 6.000m., del Pucaranra- y habrá que bajar para volver a subir. No vemos alternativa distinta.
Va para tres días por aquí.
Tengo más miedo que vergüenza... y esto tampoco será suficiente; estoy en las tripas del glaciar, un lugar que no me pertenece.
La luz de la linterna frontal pierde fuerza, apenas ilumina mis botas que se recortan contra un pozo sin fondo.
Como si me hallara en una burbuja -de luz tenue- las cuerdas se pierden, arriba y abajo, en la oscuridad. 
Solo unos segundos antes de perder contacto con la pared, un estratificado horizontal que sobresale del muro helado -hielos prensados que indican milenios, sucios y repletos de aire apresado en burbujas-, roza con el descensor en "ocho" y se forma el temido nudo de alondra. Empiezo a girar como peonza y la mochila me vence la espalda.
Se pierde el final de la cuerda con un "alegre" balanceo que indica cabo libre y cercano; la grieta se traga sonidos ajenos, los míos suenan secos y huecos... como si fuesen de otro. 
Todo se pierde -todo- contra un abismo negro que parece respirar. 
No sé como será el infierno pero, en este al que desciendo, no me abrasarán otras llamas que no sean las que me encienden las sienes..."

...¡ahí estamos! atravesando la grieta que rompe el serac colgado...

Yo creo que por hoy tenemos bastante, lo mismo mañana o pasado... o así, tan pronto regrese al tajo que ya urge, pues me da otro frío y recuerdo más cosas.
Os deseo un bueno, buenorro, 2025... y que se cumplan sueños por doquier.



miércoles, 2 de septiembre de 2020

Salvador Rivas... el botánico alpinista


Salvador Rivas... el botánico alpinista, nos ha dejado con la misma discreción que vivió.
Académico y alpinista ¡total na! Su historial completo, profesional y alpino, podréis revisarlo solo con teclear su nombre.
No puedo quedarme sin comentar algunas de sus muchas actividades alpinas, que ya forman parte de la Historia: La gran "clasicorra" de la Aguja Negra (Galayos), conocida como la "Oeste", con Pedro Acuña y Francisco Brasas, en 1957. O la "Rivas/Acuña" a la Punta Mª Luisa, también en Galayos. Sin olvidar otra "Rivas/Acuña", ésta vez al Risco del Pájaro o Pinganillo, en Pedriza (Sierra de Guadarrama). 
Su participación en la bien conocida "expedición española a los Andes del Perú" en 1961... donde perdió la partida su amigo Acuña, tras inaugurar la ruta por la arista NE del Huascarán Sur. Expediciones al Cáucaso, Himalaya, Alaska...
De su historial académico: Catedrático de Botánica (Madrid y Barcelona), Premio Nacional de la Sociedad Geográfica Española (2013), Director del Real Jardín Botánico de Madrid... Y un extenso currículum que, los medios académicos, se encargarán de revivir.  

La historia que deseo contar ocurrió un verano de los años 80, en un Circo de Gredos sin domesticar.
Hasta entonces, todo lo que no llegara a una cumbre se consideraba contrafuerte y aquello comenzó a cambiar cuando, guardeses del refugio Elola, otros incondicionales de la escalada clásica "moderna" de la época y amantes de la soledad, se fijaron en paredes que no recibían visitas desde el origen de la Tierra.

Entre aquellas rutas, siempre quedó en la memoria una que tuvo anécdotas varias: la "Vía de los Ajos" en las paredes que caen del Cuchillar de Cerraillos, de las más altas de la derecha y que bautizamos como "pared de la izquierda"... No sé, pero un día, vimos dibujado algo que estuvo dibujado durante milenios: una placa, en lo que sería la última tirada... y que nombramos como la "placa del dos".


Inauguramos aquella ruta, un verano de los 80, Miguel Ángel Vidal y el que escribe. Nos llevó en torno a ocho horas superar aquel frontón de roca en el que nunca nos fijamos, excepto cuando colgaban hielos.
Recuerdo, como si fuera hoy, aquella última tirada bajo un bloque inestable... colocando clavos que saltaban según instalaba el siguiente... lo que viene siendo una laja expansiva. Años después Miguel tiró aquel cascote con un gato... y subió la dificultad algún "gradito". También se encargaron, los "modernos", de "enderezar" la vía, colocando algunos seguros expansivos, evitando así una magnífica y aérea travesía a derechas, que luego retomaba camino a la "placa del dos".
Los grados de dificultad, que muestra el dibujo, pertenecen a los "ochenteros"... Así pues ¡reclamaciones al maestro armero!
Allí descubrimos, limpiando fisuras, unas plantas que poseían bulbos estilo ajetes, blancos, pequeños y vistosos... Así nació la "vía de los Ajos"... Y ésta es la receta:

Sartén de hierro, caliente sin abrasar, y cucharadita de aceite español: virgen extra o similar. Bien de ajetes, fileteados ¡no picoteados! a saltear sin quemar y al punto de dorar. Dos huevos, mejor tres, batidos con alegría... en plato hondo y con tenedor de pincho largo, por separado clara y yema... para que aumente; sal en escamas o algo gorda ¡sin pasarse! y esperar minutos a disolver.
Un revuelto ¡sin cuajar! y pizca de orégano al final.
Acompañar con vasito de vino y pan de hogaza que, por aquellos años, Careto y Lazano, los potentes caballos que abastecían el refugio Elola, cargaban a sus lomos anchos y brillantes de sudor.

Luego, apareció un amante de flores y plantas que, prismáticos a mano, nos rogó... a punto de arrodillarse, que bajáramos muestras de otro endemismo "gredense": 

-¿Qué?
-Sí, "Boca de Dragón". Mirad, ése matojo de campanillas blancas que luchan por salir de las grietas.

Y así, por dar gusto, también abrimos el diedro a la derecha de la vía original, por cierto poco o nada repetido.
Bajamos al entusiasta de flores y plantas, un par de ejemplares de lo que los expertos llaman "Antirrhinum grossi" ¡total na!

Así, después de trepar a lugares altos, unas veces a la búsqueda de los "ajos" que esconden las plantas más alpinas de Gredos, y otras para recolectar "Dragones", se celebraban en el Circo de Gredos nuevas aperturas de rutas allá por los años 80... Cuando todo era diferente, ni mejor ni peor... solo diferente.

No recuerdo exactamente cuando Salvador Rivas y su hijo que, seguramente por edad y frescura de memoria, podría recordar más que nosotros, aparecieron por el Circo de Gredos sin planes definidos.
Charlamos a la cena y mostramos un croquis, reflejado en el libro del refugio, como "Vía de los Ajos" que abrimos pocos días antes.
Salvador nos miró fijamente a los ojos y preguntó si la cosa era aceptablemente amable... ¡Sí! contestamos Miguel y yo, al unísono... convencidos de la maestría de la cordada.

Y así fue como Salvador y su hijo, en un horario similar al de la apertura, realizaron la primera repetición de la ruta ¡y por el itinerario original!
Regresaron contentos, como nosotros al verlos evolucionar durante toda la jornada por aquel muro... Y luego, seguramente, bebimos cerveza sin piedad... Seguramente.
Ésa vía también les pertenece.

Así ocurrió y así lo cuento.
Un abrazo, Salvador, allá donde te encuentres; Otro para su hijo, familia y amigos.

lunes, 29 de abril de 2019

Historias de la dehesa... La mirada del can.

Aupamos al perro a la caja del "pick up" y, como si no existiera su dueño, al que tocó levantar cuartos traseros, me lanzó una mirada constante y sin rencor... yo diría que algo dulce.
Sangraba, muy ligeramente, por el pecho... una especie de cornada o puñalada que, el día anterior, dejó un rastro tremendo por la terraza de la casa.
Nunca olvidaré sus ojos negros, me recordaban miradas, perdidas, de amigos que se despidieron en mis brazos.
El perro murió días después... eso nos dijo el dueño, que anduvo buscándole durante los días que el animal se quedó de "okupa". Decía estar "preocupado" por "la que pudiera liar". 
Pero, antes de pasar a otra vida, dejó preñada a nuestra perra Luca, la reina de la dehesa por aquellos años. De aquellos devaneos tenemos a Lola.

Luca era hija de Ayla... Al contrario que su hija, de color rubio cobrizo, Ayla era de pelo negro como el azabache; compañera y amante de Navarro... el mejor perro que jamás tuvimos;  un regalo de ganaderos amigos a mi suegro, también ganadero... Dijeron que "por ser tú... que a éste no lo venderíamos por un millón de pesetas"... Ciertamente yo tampoco lo hubiera vendido, cuando fue mio, por diez veces ésa cantidad. Un macho, entre alano y boxer, sin documentación... lo que por aquí llaman un "perro chato" para sementales díscolos y hembras traviesas. ¡Ah! tendré que contar qué significa esto en la España rural.

A Navarro le rompieron los colmillos con unos alicates. Siempre hubo dueños más "dulces" que lo solucionaban cortando las puntas con una sierra de hilo... bastante más "humano" ¡donde va a parar!.
El caso es que a Navarro le dejaron colmillos astillados a raíz de las encías. Así fueron las cosas.
También padecía "Leishmaniosis", una enfermedad que podría acabar con su vida... si no se pusiera remedio. Nosotros pusimos remedio y durante un mes -años 90- recibió, diariamente, una bolsa de medicación, directa a vena. Navarro se sometió al tratamiento, como un machote... sin decir ni "guau".
Navarro, de ojos saltones, pelo cobrizo oscuro, orejas y rabo malamente cortados... cuerpo compacto como un bloque de granito sobre cuatro patas poderosas y pensamiento triste, pasó de "legionario abandonado" curtido en mil batallas a convertirse en EL PERRO... el rey de la dehesa y defensor de su manada: su manada siempre fuimos nosotros y los niños que se acercaban, algo temerosos. ¡Ah, los niños! Allí, tumbado patas arriba, en el prado, los niños ajenos y sobrinos propios, que no levantaban dos cuartas del suelo, le mordían las pocas orejas... le metían manos hasta la campanilla, sacudían con un palito los genitales o aposentaban el culo/pañal sobre la cabezota del "bisho" que podría comérselos de un tirón. Tan feliz.

Lo de los colmillos ¡que no se me olvide!. Una práctica, ya poco habitual, que consiste en dejar la dentadura del perro "nivelada"... quiero decir que no sobresalgan colmillos, por ello se cortan al ras del resto de dientes.
Al animal se le enseña a tirarse bajo el toro semental que puede alcanzar los 900 kilos, sin problemas. No hay "persona humana" que lo domine cuando se pone bravo.
Una vez bajo el toro, el perro se voltea y coloca panza arriba... buscando el "paquete testicular" y ¡zas!... le aplica una mordaza de presión. De repente todo el mal carácter del semental desaparece y el ganadero solo tiene que tirar de las orejas y llevar al toro donde quiera... eso sí, el perro no suelta, claro, que cuando suelta ¡todos a correr!.
Por eso resultaba imprescindible evitar que los colmillos del perro pudieran rasgar o romper los testículos del semental ¡ahí está lo que vale el toro... torete!.

Eso de recoger todo lo que le lanzaran, también tuvo disgustos. Un día desapareció y, siendo habitual cuando llegaban olores de hembras, nos extrañó que fueran más de tres días. El caso es que no andaba lejos: a pocos cientos de metros se hizo un ovillo en el centro de un matorral y decidió esperar a su destino, sin molestar al mundo.
Cuando le encontré apenas podía moverse y babeaba, con frecuencia, algo viscoso y amarillento.
Me lo eché al hombro y salimos directos al veterinario.

La radiografía indicó que tenía un cuerpo extraño que podría ser un canto rodado, más grande que una nuez de buen tamaño... Alguien se lo debió lanzar para que lo recogiese, se lo tragó y no pudo pasar por el intestino para salir por el "agujero negro".
Le operaron y a los tres días ya estaba a lo suyo.

Una noche, a la cena, entró en la cocina y se quedó sentado al lado de la mesa... Le faltaba un ojo. Es posible que se clavara alguna jara tronchada... ciertamente son temibles.
El veterinario, a estas alturas amigo, dijo que habría que "sanear y cerrar". Dicho y hecho... Navarro ya sí que podría ser el auténtico novio de la muerte, repleto de cicatrices y parche al ojo.
A los pocos días ya estaba a lo suyo.

Navarro, un día, desapareció durante demasiados días. Un vecino me dio el aviso; tirado en el centro de un prado verde como el invierno, lluvioso y frío, que nos tocaba.
Aún vivía... abierto el pecho al punto de ver dentro, cortes profundos en los costados... ya sin gota de sangre. Seguramente... seguramente, tuvo un encuentro con un jabalí, macho y de buen  tamaño. Perdió la partida.

Le llevé en brazos, a bordo de un Nissan de los años 80 y, ya en casa, intenté calentar aquel cuerpo sin calor, junto a la estufa de leña a toda pastilla.

Sin ver por el único ojo que poseía, movió el poco rabo cuando, sentado a su lado, le tomé aquella cabezota y susurré su nombre.

Está enterrado bajo una encina que sujeta ladera de un arroyo que alimenta el río Tiétar, en la dehesa castellana, mirando a la sierra del Cabezo... la muralla que esconde el Gredos más alpino.

Navarro, fuerte, noble y generoso, murió como vivió... sin un lamento ni "mal ladrido".


martes, 11 de diciembre de 2018

Calditos de cumbre.


"La felicidad solo es real cuando es compartida"
(Chris McCandless)



Atravieso los "Barrerones" -Circo de Gredos- justo al tiempo de amanecer. Cientos de veces atravesé esa linea que conecta subidas y bajadas -da igual el sentido de marcha... será subida o bajada yendo y viniendo-; una linea que, a media ladera, deposita cuerpos que sueñan soñar, con un lugar histórico de carga emocional.

En ese flanqueo, siguiendo curvas de nivel que marcaron habitantes de cuatro patas -quizá trescientos metros de ladeo- se han vivido momentos duros... unos con buen final, y otros que acabaron cuatrocientos metros más abajo... el lugar donde desagua la Laguna Grande del Circo de Gredos.

El caso es que todavía es noche tardía cuando alcanzo el alto... el alto que permite ver los perfiles que podremos ver desde los altos... el lugar donde se aparecen torreones y murallas que se recortan contra un cielo añil naranja, repleto de estrellas brillantes a rabiar, más brillantes cuanto más frío acartona la cara.
La luna juega a desvanecerse, pero aún resulta espléndida e ilumina brillos y marcas de crampones que han picoteado hielo rastrero. Aún así enciendo, de vez en cuando, la linterna frontal... para no perder huella y altura.

Siempre es así cuando se alcanza el alto, de madrugada.

Tengo una cita con gentes que dicen llegar el día anterior, y me esperan cercanos al refugio Elola -el que ahora llaman refugio de la Laguna Grande de Gredos... cosas de los que no conocen la historia-. Yo, cumplo con mi parte y a eso de las ocho de la mañana me planto por allí.

He salido de casa, por aquel entonces en Manzanares el Real, a horas en las que se acuestan los "fiesteros" y se levantan los "currantes"... Me ladran hasta los perros y me da el alto la Guardia Civil, para que sople. También me registran el maletero. Es que no son horas "decentes" para ciudadanos que sueñan soñar. No me enfado, ya es habitual en esto de madrugar... ¿o será trasnochar?... no estoy seguro.

En el refugio ya huele a café en el comedor y a tabaco dulzón en la terraza... a partes iguales.
Pregunto si alguien me ha dejado un mensaje, pero nada. Creo que me han "traicionado" y aquí me hallo, más solo que la una antes de las dos.

El sol alcanza la cumbre del Almanzor, con ese amarillo que se blanquea según avanza la mañana. Distingo movimiento de gentes que ya enfilan el tramo hacia la Portilla del Crampón... Y otros que se desvían y cruzan a derechas, bajo la mole principal. Se distingue una huella que acaba escondiéndose en el cono de entrada a la vertiente Norte... estos van a la gran clásica.
Pero, hay otra huella que picotea, a mitad de recorrido, hacia el Diedro Esteras.

Este itinerario siempre me pareció el más alpino, para invierno... mi favorito, de todos los que surcan el Almanzor... Ya os hablé sobre esta escalada en Mi primera vez.

El caso es que intuyo movimiento en el Diedro Esteras y me animo a echar un vistazo. Desde la Hoya Antón enfilo la linea directa a la base de la pared; las condiciones son excelentes: nieve dura y continua.

Entro en el canal inicial y allí me encuentro con un escalador, afianzado en la reunión, asegurando al compañero, que ya anda liado con la zona clave: el magnífico paso del bloque empotrado.
Me busco, a su lado y un tanto por debajo, un lugar donde esperar... Limpiando hielos encuentro una fisura perfecta para una "americana" -clavo en "V"- y ya, bien afianzado y fuera de la linea de peligro, charlamos un rato mientras el colega lucha por entrar en el agujero del bloque empotrado.
Estos metros son magníficos y cambiantes según condiciones: por dentro o fuera -más expuesto- da paso a un pequeño muro que finaliza en la arista de nieve que llega desde la Norte clásica.

Por fin se oye el grito de guerra: ¡reunión!. Y, mientras me zampo un sandwich de varios pisos: jamón, queso, salami, tomate, lechuga, cebolla y mantequilla... todo entre tres rebanadas de pan tostado, nos despedimos y se aleja hacia su batalla... Yo tengo la mía para meterme entre pecho y espalda tamaña cantidad.

Libre el camino por delante, me coloco el arnés, con un par de tornillos cortos y clavos de roca, unos mosquetones sueltos y anillos en bandolera. La cuerda, desplegada y asomando cabo, en la mochila... Todo "por si acaso", famosa frase.

Me encuentro bien y el terreno acompaña, decido sobrepasar el bloque empotrado por fuera... un muro a izquierdas, repleto de pegotes de hielo corcho. Perfecto.
El día es frío y soleado, sin viento. Reina una calma agradable.

En el terreno de trepada que conduce a la cumbre, me detengo un par de veces a contemplar el trasiego de gentes que no madrugan. Este alto del Almanzor permite contemplar los mismos perfiles que ya vimos desde los "Barrerones"... pero desde el otro alto.

Somos tres en la cima, aunque se oye griterío que viene por la ruta normal, un montón de gente que hará cola en el tramo final. También otros que van llegando de la Norte clásica.

A estos dos, con los que compartí itinerario, les invito a caldo bien caliente -aguanta bien el termo de acero, después de tantas horas-. Se les ilumina la cara cuando entra al garguero ese líquido reparador de cuerpos y almas.

Bajamos juntos, rapelando desde la cumbre, mientras evitamos la marabunta que enfila hacia la cumbre. Damos voces: ¡no te agarres a mi cuerda! ¡a ver! ¿qué haces pisando las puntas? ¡Ayyy, Señor!.
Por fin alcanzamos la Portilla del Crampón, sin daño, cosa nada fácil... aunque parezca lo contrario.

Han pasado los años, seguramente más de veinticinco, y hoy logro reconocer -gracias a otros colegas- a uno de aquellos escaladores con los que coincidí aquel año: Victor Manuel Ayuso.
Larga vida, compañero.





viernes, 9 de noviembre de 2018

¡Ha salido la "Mountain"!


¡Últimas noticias... No se pierdan la crónica
sobre la nueva ruta de estos dos "alpinistorros"!
¡Ha salido la "Mountain"!
¡Me lo quitan de las manos!

 


La revista pasaba de mano en mano, con la misma veneración que, unos años antes, acariciamos la madera del primer piolet.
La "Mountain" era la Biblia. Punto.

El índice de la revista informaba: "Mountain is published by Mountain Magazine Ltd at the end of  January, March, May, July,  September and November. Six issues (one year)"... Así pues habría que esperar dos o tres meses hasta que alguien consiguiera un número... Y nadie preguntaría cómo se consiguió.

Los jueves, a la tarde, en aquel "castillo" defendido por guerreros jóvenes y valientes, dispuestos a cambiar el mundo del alpinismo... en aquel piso/reducto de la calle Augusto Figueroa -barrio de Chueca... Madrid- ... Allí, las huestes del Club Alpino Maliciosa, leíamos sobre el alpinismo que arrasaba. El alpinismo sin piedad.

La "Mountain" reinó entre las revistas del mundo mundial, entre los años 1969 hasta 1991. La primera década (1969-1978) pertenece al editor Ken Wilson, un londinense amante de la arquitectura y la escalada; en aquellos años fructificó la semilla del "hard way"... Y cuando la "Mountain" publicaba algo, nadie... jamás, se atrevía a cuestionar si tal o cual escalada merecía aparecer en sus páginas. Sencillamente.


Tuvo otros editores, como Tim Lewis, que continuó la tarea inicial para llevarla más lejos. Bueno... "aflojó" un poco cuando introdujo, en el interior, la fotografía a color ¡sacrilegio!... Hasta las fotos en B/N tenían dureza y compromiso, pero claro se hacía necesario adecuarse, en algo, a los nuevos tiempos y competidores.

Recuerdo un editorial de los años 80. El editorial que marcaba la diferencia con el alpinismo de "postureo". El editorial... sin más.

"It´s not what you do, it´s the way that you do it"

Una traducción rápida y fácilmente comprensible, sería: "No es lo que haces sino como lo haces"

La "Mountain" fue la culpable de un sueño que quisimos soñar, cuando... en 1982, vimos gentes que se atrevían con Alaska en invierno ¡Alaska en invierno!... Y allá que fuimos.
Esto ya lo he contado en Alaska... donde nace el frío... Dos capítulos para entrar en calor.

... Mountain nº 78 Marzo/Abril 1981...

También fue muy comentada la actividad de Francisco Aguado, un españolito y ¡del Club Alpino Maliciosa! que, en compañía de un tal Damian Carrol, repitió la clásica del corredor Norte del Dru.
Un artículo muy ameno,  que colocaba en el mapa del alpinismo a los olvidados españoles.

La "Mountain" hizo alguna excepción, como esta, al publicar un artículo sobre una ruta ya abierta... cosas del "amor patrio", puesto que se consideró la primera repetición inglesa.

... Mountain nº 80... Julio/Agosto 1981...

Hubo un número que inauguró eso de mirar fotos como en el "Playboy"... en plan desplegable y formato vertical ¡Tremendo!.
En este caso no se trataba de contemplar chicas despampanantes, no, la cosa iba de una ruta abierta por Nick Colton y Tim Leach, al Rooster Comb.... Un viote, tipo norte de los Alpes, en Alaska.

Solo con ver la foto seguro que adivináis el itinerario.

... Mountain nº 81... Septiembre/Octubre 1981...

Otra imagen, que no se olvida, llegó de la mano de los incombustibles Mick Fowler y Tony Saunders.
Se marcaron una escalada épica, a un montañón de 7000 metros de altitud. Por supuesto en estilo alpino.
Podría decir muchas cosas que recuerdo recordar, pero vamos, bastará con echar un vistazo a una de las líneas más elegantes del Himalaya.
Os presento al Spantik... con su "Golden Pillar".

... Mountain nº 118... Noviembre/Diciembre 1987...

En épocas más cercanas al siglo XXI, unos tipos bien conocidos, sobrevolaron el Everest en globo a más de ¡once mil metros de altitud!... No tuvimos más remedio que justificar el uso de oxígeno embotellado.
Leo Dickinson y Eric Jones, Chris Dewhirst y Andy Elson, en dos globos, tomaron imágenes espectaculares.
Un vuelo de 160 kilómetros, despegando en Gokyo y aterrizando, en algún lugar, al norte del Ama Dablam.

... Mountain nº 143... Enero/Febrero 1992

En este mismo número hay un artículo dedicado a un "stage" en Italia, donde se debatía sobre el mundo de la montaña ¡casi nada!.
Y, como curiosidad, recuerdo que Darío Rodriguez ¡sí, el editor de Desnivel! estuvo invitado al evento y "Mountain" se hizo eco del asunto.

... un joven Darío Rodriguez en el Mountain nº 143...

Y aquí tenemos una portada mítica a mediados de los años 80.
Jesús Gálvez en la Pedriza -en el risco de Peñalarco o Hueso-; ¿la ruta?... hasta la "Mountain" no se atrevió a poner el nombre completo, dejó la cosa en la M.C.E.D... pero vamos, no queda más remedio que inscribir el original, irreverente y nada poético: "Me Cago En Dios".

Magnífica foto de Darío Rodriguez en una ruta de altos vuelos... no sé si me explico.

... Mountain nº 112... Noviembre/Diciembre 1986...

La "Mountain" desapareció sin hacer ruido, no podía competir con la nueva generación de revistas americanas y, principalmente, europeas.
Color, tendencias, ochomiles, patrocinadores, estrellas de la escalada, competiciones... ¡de chapas, ni hablamos!.

Venció la imagen al texto.

Aún así, hoy en día, permanecen unos y nacen otros alpinistas, que mantienen la esencia de la montaña.
De las revistas especializadas, eso, sería otro cantar.

 "It´s not what you do, it´s the way that you do it"


jueves, 26 de julio de 2018

Cenizas al viento I


Pintalo todo de negro
Cuando busques una luz
Restos de clavos ardiendo
Interminable cielo azul
Marineros del destierro
No dejéis de navegar
Por los que se fueron pero están.

(La M.O.D.A.- "Nubes negras" La primavera del invierno)

Alpes. Cervino.

Nos arrasa un viento rastrero que dispara cristales de hielo duro, como granizado, en una mezcla que también trae granos de arena del camino que nos sustenta. Sí, yacemos en un camino bien marcado, al lado de un cascote que algo protege de los vientos feroces... y erráticos... que se aseguran ofrecernos mala noche.

Algo más de mil seiscientos kilómetros de una tirada, de las de parar a repostar y mear, desde la dehesa castellana que habito, hasta Täsch... el último punto donde aparcar y tomar el tren a Zermatt, la ciudad sin coches de combustión, repleta de carros eléctricos y calesas de percherones... el lugar donde solo es posible vivir si la cuenta bancaria, la personal, está dotada de vil metal, eso sí, cualquier vil metal.

Nuestra misión consiste en cumplir con el deseo, para nosotros un deber, de la compañera de Gaspar Muñoz... un alpinista visionario y excesivo, que no pudo aguantar el envite de un accidente en carretera ¡lo que son las cosas!... Ya os contaré cosas de Gaspar, cuando encuentre palabras.


 "Toma, Carlos, las cenizas de Gaspar... espárcelas por esas nortes de los Alpes que siempre soñó contigo".

¡Joder!

Una semana antes, solo una semana antes, de la muerte de Gaspar, comimos juntos, todos... también con su "niña" de pocos meses, en la dehesa castellana que habito... preparando la salida invernal a la Norte del Cervino... Solo una semana antes de que sonara el maldito teléfono que anunciaba cambios.

A Gabi -Gabriel Martín, el acompañante que quiso estar- se le vuela la colchoneta y un guante, ya en noche cerrada, rendidos ante la evidencia de no alcanzar el refugio Hörnli. La tormenta, allí... en un camino, alcanza dimensiones importantes y nos impide avanzar o retroceder. Tremendo.

Vestidos, sin saco de dormir y con la protección de la funda de vivac, logramos mantenernos junto al suelo, sin levantar vuelo, aunque los vientos se empeñan en zarandearnos como banderolas ¡joder! la de cosas que uno tiene que ver por las montañas de la Tierra.
Pero bueno, nos abrazamos como amantes "pecho espalda" y aguantamos el envite.

Amanece como anocheció.

Salimos de allí como alma que se lleva el diablo y alcanzamos, todo esto en un camino bien marcado, un lugar y un momento más amables que nos permiten depositar las cenizas de Gaspar bajo un cascote.
Allí quedaron, a los pies de Cervino... "la escombrera maravillosa", todo lo que no se llevó el viento.

Dieciséis horas más tarde estamos, de nuevo, en la dehesa castellana... con un solecito invernal que da gusto.


Gaspar ya es libre.

Continuará en Cenizas al viento II. Andes (Patagonia), Circo de los Altares...

domingo, 28 de enero de 2018

Y el Huascarán tembló...

Habían pasado ocho años desde que el terremoto de 1970 asoló la Cordillera Blanca... Solo ocho años.


El coloso Huascarán Norte, el pequeño, se desprendió de todo lo que sobraba. Ocurrió un 31 de mayo... Miles y miles de personas fueron sepultadas, arrastradas, trituradas... desaparecidas, en aquel aluvión de "hormigón armado".
Poblaciones enteras, como Yungay, desaparecieron casi en su totalidad... Una ola de hielo, rocas y barro, descendió desde las alturas abriendo, a la llegada, un frente de casi mil metros de anchura; recorrió los 18 kilómetros que separaban Yungay del Huascarán, a una velocidad de 300 km/h. ... Huaraz, Ranrahirca, Caraz... también sufrieron el desastre. Las cifras hablan de más de 30.000 muertos... solo en esta zona del Callejón de Huaylas.
Bastaron unos minutos para romper una plácida tarde.

... Lagunas de Llanganuco en 1978...

También desapareció una expedición checa que mantenía su campo base en una zona que fue barrida por otra segunda avalancha, más pequeña, que se encajonó en la quebrada y represó la segunda laguna de Llanganuco hasta hacerla crecer 16 metros en altura.
Lo que son las cosas del destino: El grupo de alpinistas checos había planeado una expedición a las montañas de Alaska pero, debido a las políticas de aquellos años, no pudieron conseguir permisos para viajar a los Estados Unidos de América.
Así pues cambiaron de plan y se decidieron por visitar los Andes y la Cordillera Blanca; uno de los alpinistas era un fotógrafo de prestigio en Checoslovaquia ... Vilém Heckel.
El día 31 de mayo de 1970, Vilém y su grupo habían decidido levantar -debido a la pérdida de un compañero en la montaña- su campamento situado entre las lagunas de Llanganuco. Tenían pensado partir justo al día siguiente -de nuevo el destino- y visitar otras zonas con finalidad más académica, como era el estudio de la cultura peruana.
No pudo ser... la expedición al completo, quince miembros, quedó sepultada. Nunca fueron encontrados.

Enlace: Foros Perú Club

Ocho años más tarde (1978) los "españolitos" del Club Alpino Maliciosa (Madrid-España) desembarcaron en Huaraz con el recuerdo de aquella tragedia.
Acampamos en las lagunas de Llanganuco -quizá en el mismo lugar que ocuparon los checos- a la espera de conseguir hombres y bestias, a partes desiguales, que ayudaran con el trasiego de bultos hacia nuestro objetivo: el Chacraraju.

... acampados en el lugar, seguramente, que ocupó la expedición checa de 1970...

Mientras esperábamos... decidimos aprovechar para aclimatar.

Subimos alto, muy alto, un día de nieblas cimeras. Avanzamos, sin veredas definidas, entre un caos de pedreras y terreno suelto que trituró aquella avalancha... Manos en los bolsillos y hasta tocar glaciar. El glaciar del Huascarán Norte a los pies del paredón oscuro. Sin perder de vista aquel muro rocoso que conducía más allá de los seis mil seiscientos metros de altitud ¡Joder!.
Regresamos a Llanganuco con mareos, dolor de cabeza y mirada perdida.

Aún hoy... según escribo esto, se me eriza el vello, que no cabello... que ya falta.

... Vertiente Norte del Huascarán Norte... 1978...


martes, 13 de septiembre de 2016

Mi primera vez...

Dudo mucho que mi primera vez fuera o fuese distinta a la primera  vez ajena.

Mi primera vez mariposeó el estómago durante las semanas anteriores. Ya me dejaron pistas para intuir que "aquello" sería importante... El principio del nunca acabar.

Aquellas líneas esbeltas pero rotundas, quizá más rotundas que esbeltas (siempre me gustaron así) invitaban a un recorrido completo... de abajo hacia arriba... y de arriba hacia abajo.
Recorrer, con todos los sentidos, aquellas formas desnudas que escondían secretos dispuestos a desvelarse... Claro está que todo dependería de las partes implicadas... Pasión y sensibilidad, a partes iguales.
Sin prejuicios ni aspavientos. Sin más.

Los amigos me juraron que "aquello" sería el doctorado para un muchacho con poco más de dieciséis años recién cumplidos.
Los amigos estos tampoco estaban muy "puestos" pero les gustaba ir de "enteraos"... Ya sabéis de qué van los "enteraillos" estos.
Bueno, también debéis saber que, en aquellos tiempos, las cosas iban (del verbo ir) muy rápidas (del verbo correr)... o muy lentas (adjetivo).
Según qué cosas.

El caso es que, tras noches sin dormir a pierna suelta, la suerte estaba echada... También podría ocurrir que uno no estuviera ¿o será estuviere? o incluso estuviese a la altura de las circunstancias. Pero uno siempre fue muy "echao palante" (esto, años más tarde, trajo disgustos... también alegrías, claro).

Ocurrió en invierno... Un día de estos os contaré por qué todo lo que deseo ocurre u ocurrió, principalmente, en invierno.

El asunto tiene tal "envergadura" que no recuerdo haber visto el refugio. A ver... supongo que suponéis que hablo de montañas ¿no? ¡Ayyy!

Me refiero al refugio Elola de la Laguna Grande del Circo de Gredos (encabezo con mayúsculas porque ese lugar siempre fue, es y será especial para mí).
Ya os conté mi primera visita estival al Almanzor... Pero esto sería diferente, un bautizo de fuego en el reino del hielo.

Llegamos a media mañana, durante una ventisca; horas de pérdidas y encuentros en el camino cubierto de nieves duras; apenas sobresalían las puntas de los piornos buscando luz.

Instalamos la tienda "isotérmica" y nos lanzamos al interior... A deshacer la costra de hielo que nos recubría.
Hierve el agua a borbollones, mientras los macarrones intentan saltar la perola... El interior de la tienda parece una sauna nórdica... con tipos sudorosos (pero vestidos).

... esta sería la tienda "isotérmica"... esos serían los piolets... ¡y esa la guisa de los "alpinistas"! (foto escaneada de papel, en la Sierra de Guadarrama... por aquellos años)...

La tarde se presentó algo mejor y aprovechamos para jugar un partido de "hockey", bien pertrechados con crampones y piolets, sobre el cristal, limpio y neto al punto de ver el fondo, de la Laguna Grande.
Un cartucho azulón, bien aplastado, de esos de los de antes (a perforar, de camping gas) sirvió de disco para ser golpeado con la cruz del piolet.

El partido terminó con cuerpos doloridos; miles de puntazos y cientos de grietas preocupantes sobre el terreno de juego.

Llegó la noche y los ruidos inundaron el Circo... ruidos de la laguna helada y ronquidos de los tipos estos (dicen que yo también, pero lo cierto es que nunca me oigo).

Yo no pegué ojo... bien pegado... durante las horas de esperas a ese momento de la tarea.
Alguien alzó la voz para avisar de que alguien debería asomarse al exterior, informar del tiempo... recoger nieve y encender el infiernillo.
¡Son muy listos estos!

Brillan las estrellas con ese brillo feroz del frío que brilla... No sé si me explico.

Las botas, de cuero, están congeladas (como los cordones, que parecen cable de acero).

... botas de "madera"...

Recuerdo, siempre recuerdo esa tarea, el sufrimiento para meter los pies en aquel "congelador", ya en el exterior de la tienda, mientras en el ábside "no isotérmico" de la tienda, vuelve a bullir el agua que mezclará restos de macarrones y leche condensada; el desayuno que nadie rechazará. Jamás.

Serían las dos o tres de la madrugada (antes se madrugaba así) cuando encendemos las dichosas linternas frontales "Wonder"... Un invento diabólico que, mediante un cable siempre molesto, conectaba una bombilla instalada en una parábola reflectante (con una goma elástica siempre "dada de sí") situada en el casco... Con una caja metálica que albergaba una pila de petaca, colgada del arnés o dentro del bolsillo de la chaqueta (a gusto particular... pero siempre igual de incómodo).
Siempre fallaba en el momento más inoportuno... Te pusieras o pusieses como quisieras o quisieses.

... linterna "Wonder"...

La ruta escogida resultó ser un magnífico itinerario inaugurado en el verano de 1970.
Los artífices fueron Laureano Esteras, Antonio Iglesias y Ricardo Blás.
Ahora, queríamos repetir en invierno aquel famoso largo que hablaba de un diedro taponado por un cascote... que podía sobrepasarse por dentro o fuera, según condiciones.
Esa ruta siempre la recuerdo como "Diedro Esteras" al Almanzor.

De los recuerdos que recuerdo de aquellos recuerdos, siempre me viene a la cabeza el frío helador que atravesaba chaquetas, jerseys (de los bonitos) y camisas de franela (a cuadros, por supuesto) y dejaba la espalda insensible.
Luego ya, al echar la mochila, la cosa cambiaba... a peor, claro.
Escalofríos, humedades... Y por fin uno podía sentir la mala colocación de la tartera metálica bien repleta de tortilla de patata, pimientos y algún filete empanado (cosas de las madres), clavándose (bien clavada) en el centro de la columna vertebral; es que, antes, las mochilas no estaban acolchaditas. Las hombreras tampoco.
¡Cualquiera se paraba a colocar bien aquello! Estos no esperaban y por menos de nada ¡zas! fallaba la jodía linterna ... ¡y ahí te quedas!.

Me tocó el largo bueno: el del cascote empotrado.

Me tocó darlo por fuera (por dentro no había espacio suficiente).

Me tocó sudar a pesar del frío.

Me tocó olvidar los metros que alejaban el último seguro.

Y, cuando pensé que había triunfado... Me tocó salir del aquel muro, a un cambio de pendiente en nieve polvo, justo cuando la diabólica "Wonder" me dejó sin luz.

Pero vamos... Por nada cambiaría aquellas horas que me hicieron "ver" el alpinismo que esperaba por la Tierra.

No sé si me explico.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Recuerdos de la Pedriza... Los inicios (años 60/70)

Tendría doce o trece años -no puedo recordarlo- cuando coloqué mi primer tornillo en la Pedriza; lo cierto es que, desde entonces, podrían contarse con los dedos de las dos manos -como mucho... también añadiremos los pies (por aquello de la memoria)- los tornillos, buriles, spitz o parabolts, que haya instalado en toda mi vida.

Esto no significa que mi forma de ver la escalada se corresponda con actitudes radicales... no es el caso... simplemente que mi forma de ver la montaña tuvo y tiene otras formas de entender y elegir.



Ya os he contado por aquí como descubrí la Pedriza y ahora viene el por qué de colocar un tornillo -de dimensiones importantes- en un cascote de la ladera del Alcornocal.
Por supuesto que, entretanto, descubríamos el entorno durante interminables marchas entre jaras y veredas... Daba igual si llovía o nevaba ¡antes nevaba más, eh! nosotros no perdonábamos un fin de semana.

... vivac en la subida al "Yelmo"...

... bajo "Peña Sirio"...

... en el "Cerdito"...

Bueno, también tengo algunas fotos en color (escaneadas de papel)... Es que, logré que me compraran una cámara "Werlisa color" y aquello ya fue un triunfo... Pero vamos, no esperéis mucho que yo siempre fui mal fotógrafo... de largo.

Aunque, pensándolo bien, si salgo yo en la foto... ¡la foto la hizo otro!. Me quedo más tranquilo, pero sigo sin recordar quien sería el acompañante.




Durante alguno de los paseos, en una primavera exuberante, cercanos y un tanto a la derecha del "Indio", descubrí muchos de esos tornillos -enormes, largos y oxidados-, en bloques pequeños; ¿para qué será eso? -me preguntaba-.
Ni corto ni perezoso, me agarraba a ellos -¡eran grandes, eh!- y trataba de subirme hasta donde el miedo me dejaba.
Esto de escalar debe ser muy difícil -eso pensaba entonces-.

Un día, mientras andaba liado con un cascote, aparecieron por allí dos montañeros de los de barba, camisa de franela, bávaros (bien sujetos con tirantes), mochilas enormes y botas "gordas".

- ¿Qué haces, muchacho?
- Pues... aquí, subirme a la piedra esta.
- Pero, vamos a ver ¿agarrándote a los buriles?
-¿Buriles?
-Este es nuevo -dijo uno de ellos, mirando al otro-
-Está más verde que la pradera del Tamboril -dijo el otro-
-¿Tamboril?
-¡Buah! -dijeron al unísono-

El caso es que fueron muy amables conmigo y me explicaron en qué consistía eso de escalar. Bueno, cuando abrieron la mochila ¡fue la leche!... estribos, clavos, tacos de madera, maza, cuerda... También una tartera con tortilla de patatas y pimientos verdes fritos.
Esa noche no pude dormir.

Me compré un "ramplus" (burilador) y ¡zas!...

... ¡ahí está el delito!...

... todavía sigue ahí (2015)...

... por aquel entonces le llamábamos "Caballito de Ajedrez" (ladera del Alcornocal)...

Esta zona del Alcornocal la recorrí palmo a palmo, quedaba cercana a la casa que construyó mi padre y de la que ya os hablé.
Desde el antiguo depósito de agua (en piedra berroquera) que parece señalizar justo el cambio hacia lo que ahora se llama "Gusarapo", en la zona alta de las "praderas del rodaje", hasta el "Collado del Ave María" seguramente no hubo espacio que no investigara.

... ladera del Alcornocal (el "Techo")...

Ahora, en el siglo XXI, parece que se ha re-visitado principalmente por los aficionados al "boulder" (bloque).
Zonas ahora llamadas el "Gusarapo", el "Depósito", el "Mogote de San Bernardo" (al que siempre conocimos como el "Submarino")... y otras que nunca recibieron nombre, fueron terreno de juego en aquellos finales de los años 60...

... a este le conocíamos como el "Techo"...

... "Mogote de San Bernardo" (también marcado en mapas como "Miramar")... para nosotros "El Submarino"...

Así comenzó una nueva andadura "pedricera".
En años posteriores, con los conocimientos mínimos, empezamos a recorrer aquellos itinerarios repletos de "buriles" (realmente casi siempre fueron tornillos de ferretería, pero buriles se les llamaba).

Con una cuerda de 40 metros y 9 mm. , unos pocos clavos, estribos, casco (siempre) y mosquetones de hierro (auténtico hierro) nos lanzamos a la aventura de "escalar".
Riscos que más tarde conocimos como el "Indio", "la Familia", el "Tolmo", las "Placas del Halcón", la "Camorza"... y un largo etcétera, recibieron nuestro paso.

... posiblemente  mi primer rápel en la Pedriza...

En la vertiente Norte del "Indio", entre callejones varios, también se escalaban fisuras con tacos de madera y clavos... y encontrábamos nombres (unas veces pintados y otras tallados) a pie de vía: "Tiziano", "Bonati", etc.

... el Indio... el casco es de moto (pertenecía a mi hermano)...

... la "Familia"...

... el "Tolmo"...

... "Placas del Halcón"...

... la "Camorza"...

Recién estrenados los años 70 nos subimos a unos cuantos riscos característicos, y también entrenábamos en cascotes pequeños.
Aquí hay dos rutas (este pequeño risco es donde se localiza aquel primer tornillo que coloqué).
Recuerdo haber colocado algún clavo por ahí ¡ande andará!.
En el itinerario de la vertiente Norte se rompieron un par de pequeñísimas y delgadas "setas" que hicieron imposible (para nuestro nivel) repetir el recorrido por segunda vez; así pues... lo mismo solo tiene una ascensión.

¿La bajada?... por el sistema de "sujeta la cuerda por detrás y rapelo por delante"...

... el Alcornocal (nuestro "Caballito de Ajedrez")... vertiente Norte... 

... el Alcornocal (nuestro "Caballito de Ajedrez")... vertiente Sur...

Y aquí os dejo un "croquis" del "Techo", con las tres vías que se inauguraron.
El itinerario central (este lo abrí en solitario) se corresponde con una hilera de tornillos con chapa (excepto el de salida que, creo recordar, fue sustituido muchos años después por un "spitz"; nunca quedó bien pues la roca, en ese tramo, está muy descompuesta).

El itinerario de la izquierda se hacía "a pelo"... y el de la derecha con cuerda, se colocó un taco de madera (bien gordo) emplazado a mitad del recorrido.
También, años después, quedó abandonado un "friend" ante la imposibilidad de extraerlo.

Por aquel entonces, los canteros de Manzanares el Real, ya habían partido un bloque que se encuentra a los pies de este risco (se distinguen las marcas de las cuñas)... y ahí hacíamos "boulder".
Hay también, desperdigados por la ladera, dos o tres bloques pequeños (creo haber visto por internet que ahora reciben visitas).


... ladera del Alcornocal (el "Techo")...

Curiosamente, este pequeño risco lo utilizamos a finales de los años 80 para publicidad de las empresas que por aquel entonces comenzábamos a manejar: CALMA y AMADABLAM.
Aquí aparece Jose Carlos Arenal (CALMA), en el itinerario derecho,  vestido y equipado ¡a la última!


Aquí tenemos a unos repetidores modernos, en épocas modernas...



En las "Placas del Halcón" también recorrimos vías "de tornillos" y otras en las que nada había (años después nos enteramos que algunas estaban abiertas... de otras tenemos dudas).
Este lugar siempre nos impresionó, al fin y al cabo aquello tenía ya pinta de pared y, claro, eso de hacer reuniones ofrecía carácter a la escalada.

... salíamos por algún sitio de los recuadros marcados con interrogación... pero no logro recordar por donde...

En el "Mogote de San Bernardo" ya había un itinerario en artificial (vía Moisés) que repetíamos de vez en cuando... y una pradera cercana a la que bautizamos como la "pradera del lobo", lugar donde solíamos vivaquear cuando nos movíamos por la zona.

... "Mogote de San Bernardo"...

... nuestro vigía en la "pradera del lobo"...

A mediados de los años 70 ya logramos "contactar" con otros escaladores y por ello ¡menos mal! aumentamos el escaso conocimiento que teníamos... Y comenzó una nueva etapa para repetir vías con nombre e historia: "Cancho Amarillo", "Yelmo", "Pájaro", "Peñalarco" (a la que se conocía más como el "Hueso"), "Dos Torres", "Torreón de las Arañas Negras", etc.

... el "Pájaro" (Sur clásica)...

... "Dos Torres" (Riaño/Soria)...

... posiblemente (no estoy seguro) en el Yelmo (Vikinga)...

En la "Cueva de la Mora" unos amigos me dedicaron una vía a la que llamaron "Gallego"... aquí os dejo un enlace con algo de la historia y reportaje de Cuaderno de Escaladas...

... Cueva de la Mora (Gallego)...

... "Cancho Amarillo" (Tino)...

... "Cancho Amarillo" (Ayuso)...

Hubo un par de escaladas que siempre recuerdo.

Una fue en el "Pájaro": la vía "Loquillo". El largo desde la salida del segundo techo hasta el siguiente descanso ¡tremendo! me llevó mucho tiempo superar los metros que dan acceso a la placa superior... mucho tiempo y miedo.
Recuerdo colocar un clavo invertido en el único lugar posible y... navegar, sin poder olvidar que un vuelo me llevaría bajo los techos.

... el "Pájaro" (Loquillo)...

La otra escalada tiene una magnífica historia que os cuento más abajo... Y enlazo con un artículo en el foro de Vía Clásica, donde podéis encontrar un buen reportaje de una repetición en el año 2010, a cargo de Uge García y Enrique Barberá.

Se desarrolló en la "Torre de las Arañas Negras" (seguramente en el año 1973), una escalada que siempre pensamos estaba en los "Molondrios", pero no.
En la segunda reunión de la vía, coincidimos con dos magníficos escaladores del momento: Oscar Keemiyo y Miguel Angel Mora (alias "Biafra"): ellos también tuvieron algunos intentos anteriores que incluyó un vuelo tremendo desde la famosa chimenea "a pelo".

Recuerdo a Keemiyo meterse a la chimenea con una determinación impresionante... Y salir por arriba, sin despeinarse.

... Oscar Keemiyo...

Aquí tenéis un croquis actualizado:



"... no me puedo resistir a contar algunas cosillas que nos ocurrieron durante aquella escalada.

Bien equipado con mis bávaros de pana, cletas y una fantástica camisa de franela, tipo leñador (a cuadros rojos), mi casco "Boeri", un montón de clavos, tacos de madera, mosquetones de hierro y yo bien atado al pecho directamente con la cuerda.
Entré en la chimenea -tras muchos intentos por salir de los estribos- y entonces me dí cuenta que ya resultaría imposible bajarme de allí... ¡a no ser que me tirara!.

Luché por allí tanto tiempo que los compañeros tiritaban en la reunión. Era invierno y chispeaba.
Cuando logré salir al nicho, de la camisa de franela colgaba una manga hecha jirones; la suela de una de las cletas estaba despegada por la puntera y me costaba respirar -seguramente porque el atado al pecho apretaba en exceso y no dejaba opción a tomar aire profundamente-.

Subieron otros dos compañeros -hicimos cordada de cuatro-... y cuando le tocó el turno al último no pudo dar un paso, claramente le alcanzó la hipotermia.

Ya entre dos luces solo quedaba una opción: soltarse de la reunión y dejar que la cuerda encontrase la vertical... ufff... ¡hubo que convencerlo con mentiras piadosas!, pero no había otra solución.
Nada más soltarse salió disparado al vacío... y nunca olvidaré aquellos ojos, como platos, con los que nos miraba.

Lo subimos a nuestra vera tirando a mano de la cuerda; ya anochecido.
Sin linternas y absolutamente destrozados por el cansancio, nos dimos golpes por todo el cuerpo... hasta llegar al camino y de allí corriendo al pueblo, para llamar a la familia desde la cabina telefónica y comunicar que no dormiríamos en casa... ni podríamos asistir al colegio.
Nos echaron una bronca de las buenas, pero... a nosotros eso nos trajo al fresco..."