Subir montañas. Aprender, avanzar y mejorar… siempre mejorar. Luchar y perseverar… siempre perseverar. Imaginar y soñar… siempre soñar. Compartir, sentir y reír… siempre reír. Fracasar y triunfar… como aprendizaje. Intuir y prever…puede no ser cierto lo que ves. Entender el entorno… que no conoce piedad. Escuchar las señales… que son legión. Navegar… con calma justa. Decidir… es tu libertad. Asumir el sufrimiento… que alguna vez llegará. Proteger… el compañero es tu mitad. Corazón caliente y sangre fría. Humildad debida.
Aún así… nada es seguro. Nadie te obligó… y a nadie exigirás.
Luego… bajar de allí… con las mismas reglas.
Vivir.


viernes, 29 de marzo de 2013

Alaska... donde nace el frío II

A finales del mes de febrero de 1982... un avión de las líneas escandinavas (SAS)... aterriza en un Anchorage (Alaska) que brilla como un cristal.

Una ciudad extraña y solitaria, de amplias avenidas y edificios de poca altura... excepción hecha de alguna torre que desafía al viento polar.

Las calles siempre vacías, día y noche...  batidas por remolinos de cristales de hielo que apenas permiten ver semáforos bailanderos y algún coche a toda pastilla que se difumina a los pocos metros de sobrepasarnos... perdiéndose como un fantasma por aquellas largas y anchas líneas de asfalto helado.

Como viene siendo habitual en todas nuestras expediciones a lugares remotos - también a los cercanos - no tenemos un duro... así pues echo mano de la pequeña libreta donde, en Madrid, había anotado algunas direcciones que pudieran servirnos.

-Please, the next YMCA hotel- eso le dije al taxista del aeropuerto.
-Ok- respondió con una extraña sonrisa.

Y allí nos llevó... fuera de las grandes avenidas... una especie de arrabal con casas de contrachapado y calles cubiertas por medio metro de nieve... donde el Chevrolet rebota como en campo a través.

Solicitamos una habitación para tres... y al recepcionista poco le faltó para echarse a reír - no lo hizo - simplemente señaló un pasillo largo, no sin antes requerir el pago.
Atravesamos el pasillo... con estancias sin puertas, a ambos lados; allí se concentran los huéspedes... tirados en amplios sofás de dudosa tapicería... frente al televisor.
Al abrir la puerta del fondo... ya quedó todo claro, éramos jóvenes pero no tontos... bueno... no en exceso, y buscamos entre docenas de literas el número que nos correspondía.

El YMCA (Young Men´s Christian Association) era... y sigue siendo... una organización fundada en 1844 que actualmente opera en más de un centenar de países... con fines sociales hacia los más desfavorecidos... es decir... lo que los americanos llaman "homeless"... gentes sin techo; hoy en día la asociación ofrece un amplio catálogo de servicios destinados a confraternizar seres humanos y culturas.

Eché mano otra vez de la manoseada libreta - donde estaban anotados los dos pasos siguientes a realizar - y el segundo sería localizar un supermercado donde abastecernos de raciones liofilizadas "Mountain House"... según parece, y así lo fue, de lo mejorcito en éste asunto de alimentación.

Nos indican un camino y decidimos ahorrar en transporte... que las piernas son baratas... ¡joder! atravesamos medio Anchorage en plena tormenta de nieve... buscando en las calles luces cálidas para resguardarnos, de vez en cuando, en algún comercio de "souvenirs".

Llenamos el carro, ante la atónita mirada de la cajera, y esperamos en el exterior junto a una farola... bajo una ventisca infernal... a que alguna lucecita indicara un taxi dispuesto a cargar... llevó su tiempo y nos dio por pensar que si esto era en la ciudad... la montaña tendría lo suyo.

No podemos aguantar a esperar algún día más... para montarnos en el tren que nos llevaría a Talkeetna... así pues alquilamos una furgoneta con conductor y salimos hacia el próximo objetivo como alma que lleva el diablo.

... una parada en el camino...

Allí nos espera el piloto Doug Geeting de "Talkeetna Air Taxi"... una compañía de vuelos en avioneta con la que habíamos contratado desde Madrid... para que nos depositara en el glaciar Kahiltna, a los pies del Monte Hunter... y el siempre vigilante... y gigantesco Denali.


La manoseada libreta de la que os he hablado solo contenía ésas tres direcciones... "hotel", supermercado y avioneta... ¡ya... ya!... ahora puede parecer fácil, pero esto llevó su tiempo en Madrid... comunicaciones mediante "Télex"... antecesor del "Fax"... ¡vamos... que algunos pensaréis que he vuelto a beber!... a través de la Cámara de Comercio de Madrid - siempre dispuesta a ayudar -.
Eso de "Internet" estaba por llegar.

Tras alguna parada en un "Lodge" al más puro estilo alaskeño... llegamos a Talkeetna por una carretera blanca, entre bosques nevados y visibilidad nula... a velocidad importante y un conductor impasible ante los bandazos de la furgoneta... aún así... alcanzamos nuestro destino tras 150 kilómetros de infarto.

... nuestro contacto... Talkeetna Air Taxi...

Ésas tierras siempre fueron habitadas por indios "Atabascan"... desplazados cuando se descubrió oro... y finalmente se fundó la ciudad de Talkeetna al amparo del ferrocarril... en 1919.

El pueblo era una mezcla de razas... blancos, indios... también mestizos... y algunos "inuit"; en todas las casas los enormes perros malamute atados con cadenas a un lateral... y trineos en los patios traseros.

Resultaba evidente que elegimos el peor año que recordaban los locales... por cierto... algunos con pistolera al cinto y flamantes "Colt 45" de proporciones inquietantes; incluso las mujeres, con falda larga estilo americano, portaban el arma a un lado de la cadera... y niños a horcajadas en el otro.

... calle principal...

Parecía que la tundra se tragara el pueblo... una sola calle central, a la que se asoman "roulottes" y destartaladas casas de madera repartidas anárquicamente... hasta las orillas, tan congeladas como el cauce, de los ríos Talkeetna y Susitna; luego... más allá... a 250 kilómetros... el Denali, enorme a pesar de la distancia.

... de aquí no pasamos... que los lobos andan ahí afuera...

Nuestro piloto nos acomoda en una vieja caravana... junto a su casa de troncos, a la espera de un tiempo que permita vuelo visual... cosa que tarda ocho días en ocurrir.

Así pues dedicamos las mañanas menos frías a deambular por aquella ciudad perdida... sin atrevernos a sobrepasar los primeros árboles que indican la frontera del bosque... las visitas de lobos, bien hermosos, son constantes y con frecuencia mantienen disputas nocturnas con los perros guardianes "Malamute"... también hermosos y cubiertos de heridas.

Ángel se empeña en confraternizar con un animal que tiene la cara repleta de cortes profundos... y en cada uno de ellos sobresale un pequeño papel de estraza; digo yo que será para evitar que la herida cierre en falso, en cualquier caso... el bicho parece afable, pero suelta sonidos roncos, guturales... algo preocupantes.

...¡yo no lo haría... Ángel!...

Todo nos resulta extraño... hasta beber una cerveza se complica; la única tienda de víveres, muy al estilo del oeste americano... donde se puede encontrar una alcayata, cerveza y whisky, picos y palas, medio kilo de arengues, chocolate suizo, cuchillos "Bowie", mantelerías bordadas, menaje de loza, legumbres a granel, ejemplares de la Biblia y... por supuesto... munición para los rifles de gran calibre que adornan la pared tras el mostrador.
El local dispone de una pequeña salita para beber alcohol... y ya nos advirtieron que está  prohibido hacerlo en la calle... a menos que la botella estuviera dentro de una bolsa de papel... ¡joder!.

Un día cenamos en una casa donde cuelga un cartel que reza "Meals"... bueno, si dice comidas... será un   restaurante ¿no?... ya veremos; nos recibe una familia que nos sienta a su mesa del comedor... padre, madre, hijos, nueras, abuelos y niños por doquier.
Dejan las armas junto a una alacena y se hace un silencio sepulcral.

El patriarca bendice la mesa y todos se lanzan a por los platos que se hayan en el centro... hay que coger al vuelo todo lo que se pone al alcance... patatas cocidas, zanahorias cocidas, judias verdes cocidas, arroz cocido, guisantes cocidos, maiz cocido... y lo más importante... unas rodajitas de "roastbeef" que tardan en pasar a nuestras manos...  si nos descuidamos nos quedamos sin cenar.
Pagamos 8 dólares por cabeza y regresamos a nuestro hogar... como en casa de uno en ningún sitio.

Bueno... al menos parece que entra dentro de lo normal mandar postales... y gastamos algunos dólares en sellos.

... oficina de Correos...

Los días de ventisca los pasamos en la caravana... devorando raciones de liofilizados... sin salir del saco excepto por fuerza mayor, cosa nada fácil... puesto que la letrina es un caseto de madera a unos cuantos metros de distancia... tan bien ventilado que se hace necesario apartar la nieve hasta descubrir el retrete tipo ruso... esos de agujero en el suelo.

... hogar... dulce hogar...

Por fin, una tarde de sol débil y viento flojo, el piloto nos comunica que podremos volar a la mañana siguiente... esto nos alivia porque las provisiones han bajado en bulto y nosotros estamos engordando.

Cargamos la avioneta y nos metemos dentro... felices y algo nerviosos... mientras Doug, el "conductor" del trasto con alas, embutido en un mono verde y masticando el resto de lo que fue un puro... nos dice que aprovechará el viaje para recoger a tres alpinistas que dejó en el glaciar hace ya casi un mes... ¡joder!... lo dice sin que le tiemble la voz.

Un numero indeterminado de grietas recorren el cristal frontal de la avioneta... algunos de los indicadores del panel de mando no funcionan... y Doug maldice, sin apartar el puro de la boca, que el motor se colapsa algunas veces... aunque suele reiniciar bien.

Ángel y Miguel me preguntan... ¿qué dice el yankee?... ¡Ná! que hace buen día... les miento como un bellaco; será mejor que le tiemblen las piernas a uno que a tres.


... "business class"...

... ¡sí...  tu ríete!... ignorante...

Los patines de la avioneta se despegan de la pista helada y comienza un vuelo por encima de la tundra... un paisaje extenso y nevado... con ríos congelados que rompen un bosque que parece no tener fin... pero lo tiene... y nos encontramos ante un espectáculo que sobrecoge.
Tenemos enfrente... casi al alcance de la mano... un espacio más elevado que contiene montañas por doquier... blancas y grandes... atravesadas por glaciares que nunca vimos tan gigantes... algo parecido al laberinto del Minotauro... y el Denali siempre vigilante.

Doug enfila el glaciar Kahiltna como si de una enorme autopista se tratara, mantiene un vuelo bajo...y las cumbres que se levantan a ambos lados de esa masa de hielo fracturada... quedan a nuestro nivel... a veces más altas.
El día es radiante... y el piloto se desvía buscando dirección Sureste... hacia un afluente del glaciar principal... ¡joder!... de repente aparece ante nuestros ojos la cara norte del Monte Hunter, pero eso a Doug le da lo mismo porque apunta contra la montaña al punto que la vemos pasar cercana.

Luego... un par de vueltas para buscar terreno y ¡zas!... unos rebotes contra el glaciar hasta que nos encontramos  recorriendo pista virgen.

Estamos en el "SouthEast Fork Kahiltna" - ramal SE del glaciar Kahiltna -.

Aquí empieza nuestra aventura alaskeña... un sueño para el que conseguí engañar a dos amigos... Ángel Vedo y Miguel A. Vidal - pobrecillos - que se dejaron llevar por mi entusiasmo cuando les enseñé un reportaje de la revista "Mountain" donde se relataba la escalada invernal al espolón NO del Monte Hunter.

... Monte Hunter... ruta Lowe/Kennedy... espolón central de la imagen... 2.200m. de pared...

La ruta fue inaugurada en junio de 1977 por M. Kennedy, Jeff Lowe y George Lowe... y repetida en marzo de 1980 por Gary Bocarde, Paul Denkewalter y Vern Tejas... en menos de seis días, lo que suponía un logro considerable... sin olvidar la estación invernal y las congelaciones que sufrieron; escalar en Alaska en temporada invernal nunca fue popular... y muy pocos alpinistas se adentraban en ése inmenso territorio durante la estación fría y algo oscura... conviene recordar que las noches son muy largas y el día fugaz.

Saltamos de la avioneta con alegría... y nada más tocar nieve... se congelan los "apreskis" con los que tan a gusto estuvimos calzados... ufff... miro al piloto y me dice que el termómetro marca 28º bajo cero... ¡joder... pero si hace un día espléndido y brisa ligera!.... esto empieza duro.

... descargando a toda prisa...

A pocos metros de la avioneta hay una montonera de nieve rodeando la entrada a una cueva... seguramente de los tipos que andan por ahí y de los que Doug nos habló... me pide, un tanto deseoso de marchar antes de que nos alcance la noche, que me asome al agujero a ver si hay alguien.

Es un túnel estrecho por el que repto unos metros mientras doy voces que se traga la nieve... avanzo algo más, a oscuras, hasta que considero que aquello está vacío... y regreso reptando del mismo modo... hacia atrás ante la imposibilidad de darme la vuelta.

Doug nos pide voltear la hélice mientras le da al contacto... cosa que hacemos con más miedo que vergüenza... aquello arranca y aunque mete gas... el aparato no se mueve del sitio... ¡empezamos bien!; resulta que los patines están pegados a la nieve... y nos vuelve a pedir más favores, esta vez toca levantar el patín trasero y voltear el morro hacia la huella de aterrizaje... cosa que nos cuesta lo suyo porque los patines principales parecen formar parte del terreno... sin contar que el motor está en marcha y nos lanza nieve a toda pastilla.

... soledad...

Apenas me da tiempo a decirle que regrese a por nosotros en tres semanas... cuando ya se desliza por el glaciar y le vemos levantar el vuelo contra el imponente Monte Foraker.

En ése mismo instante me alcanza un sentimiento de soledad infinita... nuestro único contacto con el mundo ya sobrevuela el glaciar Kahiltna de regreso a Talkeetna... 200 kilómetros más allá.
Estamos solos... en un espacio salvaje... con un montón de bultos y atenazados por un frío que nos come el cuerpo... rápidamente.

Ya no tiene remedio... así que empezamos a cavar nuestra madriguera, primero en vertical y luego un desvío horizontal a dos metros de la superficie.



Entonces ocurre...

-¡Eh! ¿where you come from? - una voz a nuestra espalda pregunta de donde venimos.

Quedamos petrificados y sin saber que pensar... ¡joder!, lo mismo ya empezamos con alucinaciones.

-But... ¿where you were? - pe.. pero de donde sales tu, respondo balbuceando... a un tipo grande enfundado en un mono de duvet azul.

Ángel y Miguel contemplan la escena apoyados en la pala... ya con barbas blancas y mocos helados que cuelgan como carámbanos del alero de un tejado; nos miramos como si aquello no fuese real... pero lo es.

El americano dice llamarse Jonathan Waterman... un alaskeño pura cepa que también es ranger del parque, nos invita a su cueva... la misma que yo revisé poco antes... y allí, muy al fondo del túnel, encontramos a sus compañeros; Roger Mear... un británico bajito que no pierde de vista una pequeña maleta de cuero... y Mike Young, otro americano, con ojos tristes... no es de extrañar.

Todo es como un mal sueño cuando Mike nos muestra los pies... negros como el azabache, congelaciones profundas que jamás vimos. A un lado tiene las botas... unas Koflach con las punteras estalladas por el frío y abiertas como cáscara de plátano... ¡joder!... nos entran sudores mientras nos cuentan su odisea.

... el trio de la Cassin... aproximando a la ruta...

Han realizado el espolón Cassin del Denali, en once tremendos días... y registrado temperaturas de hasta -60º... cargados con mochilas inmensas y vestidos casi como astronautas no han podido evitar congelaciones a varios niveles... Mike es el peor parado, a pesar de llevar tres pares de medias, botines de alveolite y cubrebotas de neopreno.

Luego... ya de vuelta en el glaciar, hacia la cueva, exhaustos... abandonaron alguna mochila y se arrastraron como perros a la madriguera.

... Mike Young en la zona de arista del espolón Cassin...

Jonathan Waterman... mostrando la inmensa mochila...

... Roger Mear... en atuendo "alaskeño invernal"...

El hecho de perder la avioneta que nos trajo... supone un duro revés para ellos... que tendrán que esperar, al menos tres semanas, hasta su regreso.

Ángel y Miguel... me apremian constantemente a que traduzca... y a mi me cuesta encontrar palabras.

Se nos avecina una tormenta que durará unos días... así pues nos dedicamos a mejorar la cueva y visitar, unas cuantas veces al día, a los vecinos... a escasos 50 metros de nuestro domicilio; salir de visita... no es tan fácil como pudiera parecer.

Las noches son largas... durante esos primeros días de marzo, creo recordar, en torno a dieciocho horas... y se hace necesario tapar, total o parcialmente, la puerta de la cueva; hecho así... la temperatura interior oscila entre 0º y -18º... un lujo si consideramos que en el exterior la cosa ronda los -40º.

... cerrando la entrada con bloques...

Al final de una semana, sin pena ni gloria, amanece con posibilidades de movernos en el exterior... bueno, hemos de hacerlo con cuidado y respirando a través de los verdugos donde se agolpan al instante pegotes de hielo vivo... de lo contrario el aire entra en los pulmones como cuchillos candentes y se hace imposible soportar el dolor.

Aún así decidimos acercarnos a la base del Hunter y dejar allí un depósito de comida y material... no nos queda lejos, apenas tres o cuatro kilómetros, pero nos movemos lentos y algo acobardados.

... hacia la pared...

... llegando al espolón...

Bajo un muro de hielo... justo al inicio del espolón... preparamos una repisa donde fijamos con cuerda todo lo que allí quedará.

Caen coladas constantes de nieve... tenemos encima un glaciar colgado con seracs amenazantes... el frío se lleva el calor del cuerpo y el viento empuja cada vez más fuerte... no sé... empiezo a pensar que me pasé de listo y hay dos tipos conmigo que, aunque nada dicen, presiento temen lo peor.

... aquí dejaremos material y víveres...

Una nueva tormenta arrasa el glaciar sin piedad y nos obliga a encerrarnos unos días en la cueva... cosa que aprovechamos para reparar cualquier rendija en la ropa y los cubrebotas de neopreno que - gracias a deportes Mont Camp en Madrid - pudimos confeccionar en sus talleres... algo a valorar... sin ellos es muy posible que ahora no tuviésemos pies.


Nuestra vida se reduce, de nuevo, a visitar a los vecinos... cada vez más tristes... y aprovechar a estirar las piernas cuando llegan horas de calma.

Uno de esos días, harto de la posición horizontal, salgo alegremente al exterior... no sé... parece que el frío no es excesivo; unas nubes alargadas, de color acerado, se mueven desde la cima del Denali hacia el glaciar... anchas y en formación... como rayas marinas navegando el océano; sopla una brisilla leve pero constante... y una corriente de cristales de nieve, como un río, me tapa los pies hasta más arriba del tobillo.

Presiento señales de un silencio excesivo... mayor del habitual; algo me dice que algo está ocurriendo.

Me entran ganas de orinar... y allá voy... entonces veo lo que jamás pensé pudiera ocurrir.

Antes de llegar al suelo el chorrillo humeante... cristaliza en el aire, rompe y quedan los trozos clavados en la nieve... como juncos a la orilla de una charca... ¡joder!... noto una descarga de adrenalina y se me incendian  las sienes.

Apenas me siento las manos... y no digamos el apéndice genital; salgo disparado de allí y entro en la cueva a tumba abierta... como un portero se lanza por el balón.


La entrada a la cueva cada vez está más abajo... ya dispone de varios escalones para llegar a la superficie; tenemos cuatro metros más de nieve, a añadir a los dos iniciales... a éste paso un día no salimos de aquí.

Retumban por el glaciar los estruendos de avalanchas constantes... y nos da por pensar que no volveremos a encontrar el depósito de material bajo el Hunter... pero algo habrá que hacer... aunque de momento esperaremos.

En la cueva de nuestros vecinos le cuento a John el asunto de orinar sólido... asiente con la cabeza y me dice que les pasó algo similar a la bajada del Denali... cercanos al "Windy Pass" - paso del viento - tuvieron que parar a derretir nieve... les llevó horas conseguir un tazón de agua hirviendo para un té compartido... en un mal movimiento, con manos enfundadas en manoplas... la taza cayó al suelo... y cristalizó antes de alcanzarlo.

Me enseña un termómetro que llevaron consigo... y utilizan los aviones militares americanos; comenta que ellos alcanzaron los -60º (centígrados)... y que el asunto del tazón ocurrió a -50º... ¡joder... y yo con el pito fuera!.

Nos retiramos a nuestros aposentos... a meditar sobre la levedad del ser.


Un día se acerca John a nuestro apartamento y comenta que andan escasos de comida y gasolina... ciertamente a nosotros nos ocurre lo mismo... y empezamos a preocuparnos sobre un posible retraso del piloto en venir a buscarnos... quizá por las condiciones reinantes no pueda volar en la fecha prevista.

Es el único del trío que no está perjudicado por congelaciones... y nos propone que le acompañe alguien glaciar arriba hacia el Denali... donde abandonaron parte del peso que les aplastaba... allí hay algo de comida y combustible; el día es bueno, no parece mala idea... y Miguel se ofrece.

Le presto al americano mis esquis y bastones... les vemos alejarse hasta perderlos de vista.

Cuatro horas más tarde entra Miguel en la cueva como elefante en una cacharrería... ¡uff... esto tiene mala pinta!.
Nos cuenta que John ha caído en una grieta escondida... ha logrado detenerle con la cuerda y evitar ser arrastrado él mismo al fondo... pero no pudo ayudarle a salir... la grieta es de bóveda y la cuerda corta el borde unos metros, sin saber muy bien hasta donde poder acercarse.
Solo se distingue un agujero en la nieve... y allí esperó Miguel, bien anclado, hasta que increíblemente John logró salir de la negrura.
Tiene una pierna rota... en un ángulo feo.

Le arrastró hasta que el glaciar empezó a levantar en ascendente... luego se hizo evidente que necesitaba ayuda.

Salimos escopeteados, echando el pulmón por la boca... y un par de horas más tarde... distinguimos algo que se mueve por el glaciar... ¡joder... si no lo veo no lo creo!.

Es John... se arrastra como un gusano clavando los piolets y avanzando.

Comienza a soplar un viento mortal, así que reforzamos el sistema con el que Miguel preparó la camilla de arrastre,  con un piolet separando mis tablas - rotas por cierto... los bastones andarán por la negrura - y tiramos del improvisado transporte cual perros de trineo; John tampoco se está quieto... y ayuda lo que puede remando boca arriba.


Le metemos en su cueva... ya son tres del trío... los que están perjudicados, nos tocará andar pendientes de la miseria que ronda en la casa de enfrente.


Un día bien soleado... nos sobrevuela a buena altura una avioneta... ¡joder!... saltamos, gritamos y agitamos los brazos como posesos, pero se aleja sin pena ni gloria; queremos pensar que nos vio y avisará en Talkeetna... pero los días pasan entre tormentas y ya no tenemos comida bastante... empezamos a racionar la gasolina, un preciado bien para beber.

Ya pasaron las tres semanas... y solo nos quedan algunas ampollas energéticas, que nos jugamos en furiosas e interminables partidas de damas.


Nos asaltan ideas peregrinas... que si podríamos bajar andando a Talkeetna... que solo son 60 kilómetros de glaciar roto y luego 150 más de tundra con lobos y osos... en fin .. desvaríos, seguramente por estómagos vacíos.

Bueno... se nos olvidan las ideas peregrinas y aprovechamos a reformar la cueva... estanterías por aquí... huecos por allá... y hasta un retrete bien organizado, total... no hay problema de olores o infecciones... todo se congela al instante; unas semanas más... y alicatamos cocina... sin olvidar portero automático.

Algo habrá que hacer... así que otro de los escasos días soleados... nos da por excavar un enorme SOS en la nieve... pensando que algún avión, incluso comercial, transporte algún pasajero curioso de esos que van pegados a la ventanilla y no se pierden nada.

... SOS...

No se acaban las sorpresas... y un día aparecen media docena de tipos en estados varios de agotamiento... ¡joder!... ahora esto es la Gran Vía madrileña.

Una expedición perdida, militares ingleses, que llevan más de un mes deambulando por el glaciar... esto es muy fuerte pero a nosotros ya nada nos sorprende.

No tienen fuerzas bastantes para cavar una cueva y se instalan en sus tiendas... no los vemos el pelo durante días... duermen como marmotas, tiritando como flanes.


Les gorroneamos todo lo posible... que no es mucho porque andan muy escasos de todo... hasta de ganas de vivir.

La llegada de éste grupo supone una nueva posibilidad para nosotros... y la aprovechamos para pedirles un par de esquis, algo de comida y un pequeño trineo de juguete... hoy nos acercaremos a ver si encontramos nuestro depósito de material... eso nos permitirá obtener algunos víveres más... gasolina... y no perder todo lo que allí dejamos... aunque ésto último no nos preocupa en exceso.

... Miguel regresa con el botín confiscado a los ingleses...

Llegados a la pared nos damos cuenta que será difícil intentar la escalada en estas condiciones... nieve suelta en cantidad y ni rastro de nuestras pertenencias.

Nos lleva horas encontrar un trozo de cuerda que sobresale de la nieve... cavamos hasta dar con las bolsas... y regresamos con una mezcla de tristeza y alivio.

Nuestro sueño de escalar el Hunter acabó... ahora solo queda sobrevivir a la miseria.

... Ángel... siempre tranquilo...

... reír por no llorar...

Al regreso repartimos víveres y gasolina entre los habitantes del glaciar... esto es demasiado, solo nos faltaría cuidar de más gente y crear la "Glaciar Kahiltna ONG"... pero ya me lo decía mi padre... "Carlos... antes morir que perder la vida"... y por fin... una espléndida mañana de finales de marzo... la avioneta de Doug ruge por el lugar rompiendo un silencio que ya nos agobia.

Si me asoló un sentimiento de soledad cuando, hace ya semanas, nos abandonaron en éste mismo lugar... ahora todo es diferente y parece que los pulmones admiten más aire que entonces.

... primer viaje...

Para más sorpresas... Doug trae consigo un pasajero; un alemán que dice venir a buscar los restos de una avioneta que se estrelló en noviembre del año anterior... contra las laderas del Denali... ¡joder!... esto está lleno de gente rara... rara.

Claro... ahora ya somos un grupo numeroso, todos... menos el alemán rarito... queremos salir de allí a toda costa y serán necesarios cuatro o cinco viajes para cumplir la misión.

Es evidente que los primeros en volar serán los más perjudicados... el trio de tres tiene todas las papeletas, pero luego nosotros reivindicamos nuestra posición de salvadores... y nos apuntamos al segundo vuelo, esto no es baladí... no habrá tiempo para más viajes éste día... por lo que el resto tendrán que recogerlos al día siguiente... ¿y si llega otra tormenta? ¡Ja!... nosotros salimos hoy que ya hemos sufrido bastante.

Doug es previsor... y trae consigo un par de latas de gasolina y algunos sobres de liofilizados, allí quedarán por si no es posible regresar en unos días a por los ingleses.

... segundo viaje...

El vuelo de vuelta a la civilización nos resulta agradable y alegre... el piloto me ofrece llevar la avioneta durante unos kilómetros, cosa que acepto encantado... es lo que tiene la ignorancia.

Me muestra como van los mandos y pedales... ¡zas!... sobrevuelo el glaciar Kahiltna en un interminable vaivén de izquierda a derecha... arriba y abajo, como en una montaña rusa; Ángel y Miguel dan gritos cuando pico al suelo o levanto el morro al cielo... ¡que bueno!... la vida es bella.

Doug nos aterriza en Talkeetna a última hora de una tarde que empieza a cubrirse de nubes... mañana no volará para recoger a los desgraciados que allí quedaron... pero a nosotros, sinceramente, nos da lo mismo... estamos a salvo tras cuatro semanas de vivencias al limite... hemos tenido bastante para unos años... tantos como que nunca hemos regresado a Alaska.


Salimos de Talkeetna en invierno... y estamos recién llegados en una primavera aún fría, pero ya no tanto.

De nuevo en Anchorage descubrimos una ciudad más amable que la de nuestra llegada... más horas de luz, más sol, más gente en las calles... todo ha cambiado en unas semanas.

Y esto fue lo que nos ocurrió durante un mes de marzo de 1982... cuando tres españolitos decidieron conocer Alaska... un territorio salvaje, más por aquel entonces, un espacio de soledad donde no existe el verde ni el agua en estado líquido... solo visitado por algún insecto hibernante arrastrado por vientos del Sur... y donde nos sucedieron hechos que jamás olvidaremos, eso sí, bien nos vino para entender que existen lugares donde las cosas no son lo que parecen... que somos frágiles ante la desbordante Naturaleza... que vivir puede convertirse en pesada carga... y que se pueden ver cosas difíciles de creer.



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30 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias, Goncalo... cierto... a veces todavía me parece que fue un sueño.
      Saludos.

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  2. Gente rara en el Kahiltna, ahora en verano no me extraña, pero hace 20 años en invierno...
    Intento ponerme en el pellejo de los tres gringos y tuvo que ser una conmoción (por no decir una putad...) el que se marchará el vuelo que os llevó a vosotros....
    Realmente le echasteis coraje al asunto, cosa seria eso de las invernales en Alaska, por muy frías que sean las famosas noches toledanas je,je.
    Estupendo el relato, como siempre,
    un abrazo

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    1. Gracias, Nico Isa... 30... han pasado 30 años... que no son ná, según la canción tanguera.
      No renuncio a regresar... pero del invierno ¡ni hablamos!... jejejej.
      Abrazos.

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  3. Impresionante Carlos. Gracias por compartir tus aventuras.

    Un abrazo.

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    1. Hola, Josefer... gracias a ti por leer... que siempre cuesta más que compartir.
      Un abrazo.

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  4. Carlos un placer leerte y ver lo aventurero que eres. Un abrazo

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    1. Gracias... bueno, no es que me gusten los "marrones"... pero me encuentran... jejejeje.
      Un abrazo.

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  5. Carlos, tremendo relato. Como ya te he dicho en alguna ocasión, búscate un editor! Un saludo

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    1. Gracias, Diego... me alegro te guste. ¡Na!... que estas cosas no interesan a editores... ni revistas; esto parece quedar para las gentes de corazón alpino que gustan de leer.
      Saludos cordiales amigo.

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  6. Yo no sé si aguantaría más de un día en un sitio donde el "chorrito de pis" se me quedara congelado en su vuelo desde la cintura hasta el suelo... pero claro, allí no se podría decir, Doug, please ¿puedes venir con el "avioncito", que tengo un poco de fresco?...
    Buenísima crónica, como siempre.
    Un abrazo. David.E.Resino

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    1. Hola, David... claro que aguantarías... los buscadores de nuevos espacios lo aguantan todo... y a ti te va eso.
      Claro... si puedes elegir... pues sale uno escopeteado de allí... jejejej... pero no siempre es posible.
      Un abrazo.

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  7. Valla pelicula Carlos...ya veo que las pasaites de aquino y eso sin llegar a meteros en el espolón...como me hubiera gustado una aventura asi...el relato formidable, te debias animar y escribir un librico...seguro que seria interesante.
    Un abrazo.

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    1. Hola, Miguel Ángel... hoy en día creo que si hubiésemos tenido oportunidad de escalar... seguro que la cosa sería diferente... quizá no estábamos maduros para algo así.
      Ayyy... un libro... buscarme un editor que pague bien... jejejeje.
      Un abrazo.

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  8. Muy bueno el relato, lo he leído entre entretenido y expectante.
    Me alegro de al aventura y de que esté plasmada aquí. para poder leerla.

    Un abrazo desde el sol de Tenerife.

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    1. Hola, Tortuga... ¡hombre!, desde el sol tinerfeño la cosa cambia... justo ésa temperatura que nos hubiera venido bien por las tierras alaskeñas.
      Me alegro te guste.
      Un abrazo.

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  9. Me has hecho sentir la angustia y sobrecogimiento que vivisteis. Demasiados contratiempos juntos, aunque finalmente ganasteis vuestra batalla porque regresasteis dejando para mejor ocasión la ascensión al Denali. Gracias por el maravilloso relato. ¡Enhorabuena!

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    1. Gracias, Paula... sí, muchas cosas ocurrieron una tras otra... las señales eran claras y nada presagiaba triunfar aunque ciertamente ya fue triunfo salir de allí sin contratiempos propios, que los ajenos nos rodearon.
      Me alegro te gustara el relato.
      Saludos cordiales.

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  10. vaya historia carlitos estoy frente a la chimenea aqui en Asturias y se me ha quedado el cuerpo helado de vuestras vivencias en esas latitudes....... me alegro de reencontrarme contigo a traves de tus relatos saludos a esa chica tan prciosa llamada esther...... un abrazo keko.

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    1. ¡Hombre!, Keko... que bien vives ahí con la chimenea en esos días frescos.
      Me alegro de reencontrarte y me alegro te alegres de leer.
      Esther te envía un fuerte abrazo... y a la familia también.
      Un abrazo.

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  11. me ha encantado este relato. qué duro! cada vez me reafirmo mas en que lo que hacemos la mayoria hoy en dia es montañismo de juguete...

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    1. Gracias, Gabi... ¡hombre!, hacer montaña a cualquier nivel es satisfactorio en tanto en cuanto uno así lo sienta.
      Luego ya... pues siempre se desea algo más... y eso a todos nos pasa.
      Me alegro te gusten las historias.
      Un cordial saludo.

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  12. He descubierto tu blog por casualidad y estoy flipando. Esto son historias interesantes, bien contadas y con excelentes fotos. Tus croquis de Gredos -buscándolos encontré tu página- sencillamente inmejorables. Prometo no perderte de vista

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    1. Hola, Francisco... me alegro te gusten las historias vividas... y que sirvan para que otros cumplan sus sueños y "naveguen" por las montañas que tanto nos gustan.
      Un cordial saludo... por aquí andaremos.

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  13. Magnifico relato Carlos, no se como se me había pasado esta aventura. Justo estos días ando leyendo el libro de Krakauer "Into the wild". Aquí hablan de un Waterman que corono el Hunter en solitario en el 78 empleando 145 días solo en la montaña, supongo que será vuestro peculiar vecino.

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    1. Hola, Luis... el Waterman que mencionas es otro y sobre el que escribí un artículo en el blog - "Cinco meses en solitario -... un tipo ciertamente extraño.

      http://montanayalpinismoclasico.blogspot.com.es/search/label/Cinco%20meses%20en%20solitario

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  14. Buenas,
    He encontrado por casualidad ésta aventura, pedazo aventura. Casualmente, un grupo de conocidos de Bilbao le pasó algo parecido a vosotros. Aterrizaron en Kahiltna, estuvieron dos semanas entre -27 y menos nosecuántos, y les evacuaron a todos con congelaciones. En 2004 yo pude hacer cima, pero si bien por arriba andábamos a -40 a últimos de abril, en la base del Hunter las condiciones eran mucho más confortables. Aún así, recuerdo a un grupo de cinco chilenos que llevaban un mes en ese campamento sin poder moverse apenas cuando nosotros llegamos.
    En todo caso, yo me muero de ganas por volver, hecho de menos aquella naturaleza dura y salvaje, pese a todo.
    Un saludo,
    Anton

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    1. Hola, Anton... Alaska siempre tiene sorpresa... ¡y en invierno, ni te cuento!.
      Me alegro pudieras cumbrear el Denali... una montaña grande... grande.
      Si regresas de nuevo, da recuerdos a esas montañas tan impresionantes.
      Saludos.

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  15. Muy,muy bueno. Me encantó. Precioso relato para sentirlo desde mi cama en un otoño benévolo como el asturiano.

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    1. Gracias, Javier.
      ¡Hombre! Ahí bien arropadito y mirando por la ventana ¡ya podrás!.
      Saludos cordiales.

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