Subir montañas. Aprender, avanzar y mejorar… siempre mejorar. Luchar y perseverar… siempre perseverar. Imaginar y soñar… siempre soñar. Compartir, sentir y reír… siempre reír. Fracasar y triunfar… como aprendizaje. Intuir y prever…puede no ser cierto lo que ves. Entender el entorno… que no conoce piedad. Escuchar las señales… que son legión. Navegar… con calma justa. Decidir… es tu libertad. Asumir el sufrimiento… que alguna vez llegará. Proteger… el compañero es tu mitad. Corazón caliente y sangre fría. Humildad debida.
Aún así… nada es seguro. Nadie te obligó… y a nadie exigirás.
Luego… bajar de allí… con las mismas reglas.
Vivir.


lunes, 29 de abril de 2019

Historias de la dehesa... La mirada del can.

Aupamos al perro a la caja del "pick up" y, como si no existiera su dueño, al que tocó levantar cuartos traseros, me lanzó una mirada constante y sin rencor... yo diría que algo dulce.
Sangraba, muy ligeramente, por el pecho... una especie de cornada o puñalada que, el día anterior, dejó un rastro tremendo por la terraza de la casa.
Nunca olvidaré sus ojos negros, me recordaban miradas, perdidas, de amigos que se despidieron en mis brazos.
El perro murió días después... eso nos dijo el dueño, que anduvo buscándole durante los días que el animal se quedó de "okupa". Decía estar "preocupado" por "la que pudiera liar". 
Pero, antes de pasar a otra vida, dejó preñada a nuestra perra Luca, la reina de la dehesa por aquellos años. De aquellos devaneos tenemos a Lola.

Luca era hija de Ayla... Al contrario que su hija, de color rubio cobrizo, Ayla era de pelo negro como el azabache; compañera y amante de Navarro... el mejor perro que jamás tuvimos;  un regalo de ganaderos amigos a mi suegro, también ganadero... Dijeron que "por ser tú... que a éste no lo venderíamos por un millón de pesetas"... Ciertamente yo tampoco lo hubiera vendido, cuando fue mio, por diez veces ésa cantidad. Un macho, entre alano y boxer, sin documentación... lo que por aquí llaman un "perro chato" para sementales díscolos y hembras traviesas. ¡Ah! tendré que contar qué significa esto en la España rural.

A Navarro le rompieron los colmillos con unos alicates. Siempre hubo dueños más "dulces" que lo solucionaban cortando las puntas con una sierra de hilo... bastante más "humano" ¡donde va a parar!.
El caso es que a Navarro le dejaron colmillos astillados a raíz de las encías. Así fueron las cosas.
También padecía "Leishmaniosis", una enfermedad que podría acabar con su vida... si no se pusiera remedio. Nosotros pusimos remedio y durante un mes -años 90- recibió, diariamente, una bolsa de medicación, directa a vena. Navarro se sometió al tratamiento, como un machote... sin decir ni "guau".
Navarro, de ojos saltones, pelo cobrizo oscuro, orejas y rabo malamente cortados... cuerpo compacto como un bloque de granito sobre cuatro patas poderosas y pensamiento triste, pasó de "legionario abandonado" curtido en mil batallas a convertirse en EL PERRO... el rey de la dehesa y defensor de su manada: su manada siempre fuimos nosotros y los niños que se acercaban, algo temerosos. ¡Ah, los niños! Allí, tumbado patas arriba, en el prado, los niños ajenos y sobrinos propios, que no levantaban dos cuartas del suelo, le mordían las pocas orejas... le metían manos hasta la campanilla, sacudían con un palito los genitales o aposentaban el culo/pañal sobre la cabezota del "bisho" que podría comérselos de un tirón. Tan feliz.

Lo de los colmillos ¡que no se me olvide!. Una práctica, ya poco habitual, que consiste en dejar la dentadura del perro "nivelada"... quiero decir que no sobresalgan colmillos, por ello se cortan al ras del resto de dientes.
Al animal se le enseña a tirarse bajo el toro semental que puede alcanzar los 900 kilos, sin problemas. No hay "persona humana" que lo domine cuando se pone bravo.
Una vez bajo el toro, el perro se voltea y coloca panza arriba... buscando el "paquete testicular" y ¡zas!... le aplica una mordaza de presión. De repente todo el mal carácter del semental desaparece y el ganadero solo tiene que tirar de las orejas y llevar al toro donde quiera... eso sí, el perro no suelta, claro, que cuando suelta ¡todos a correr!.
Por eso resultaba imprescindible evitar que los colmillos del perro pudieran rasgar o romper los testículos del semental ¡ahí está lo que vale el toro... torete!.
Yo, una sola vez, contemplé esta escena; otro "chato" con un toro bravo... Me duelen solo al recordar.
Ciertamente, este lance, solo se utilizaba cuando la cosa era ingobernable. La norma es el agarre en morro u orejas, según convenga.

Eso de recoger todo lo que le lanzaran, también tuvo disgustos. Un día desapareció y, siendo habitual cuando llegaban olores de hembras, nos extrañó que fueran más de tres días. El caso es que no andaba lejos: a pocos cientos de metros se hizo un ovillo en el centro de un matorral y decidió esperar a su destino, sin molestar al mundo.
Cuando le encontré apenas podía moverse y babeaba, con frecuencia, algo viscoso y amarillento.
Me lo eché al hombro y salimos directos al veterinario.

La radiografía indicó que tenía un cuerpo extraño que podría ser un canto rodado, más grande que una nuez de buen tamaño... Alguien se lo debió lanzar para que lo recogiese, se lo tragó y no pudo pasar por el intestino para salir por el "agujero negro".
Le operaron y a los tres días ya estaba a lo suyo.

Una noche, a la cena, entró en la cocina y se quedó sentado al lado de la mesa... Le faltaba un ojo. Es posible que se clavara alguna jara tronchada... ciertamente son temibles.
El veterinario, a estas alturas amigo, dijo que habría que "sanear y cerrar". Dicho y hecho... Navarro ya sí que podría ser el auténtico novio de la muerte, repleto de cicatrices y parche al ojo.
A los pocos días ya estaba a lo suyo.

Navarro, un día, desapareció durante demasiados días. Un vecino me dio el aviso de verlo tirado en el centro de un prado verde como el invierno, lluvioso y frío, que nos tocaba.
Aún vivía... abierto el pecho al punto de ver dentro, cortes profundos en los costados... ya sin gota de sangre. Seguramente... seguramente, tuvo un encuentro con un jabalí, macho y de buen  tamaño. Perdió la partida.

Le llevé en brazos, a bordo de un Nissan de los años 80 y, ya en casa, intenté calentar aquel cuerpo sin calor, junto a la estufa de leña a toda pastilla.

Sin ver por el único ojo que poseía, movió el poco rabo cuando, sentado a su lado, le tomé aquella cabezota y susurré su nombre.

Lo enterré bajo una encina que sujeta ladera de un arroyo que alimenta el río Tiétar, en la dehesa castellana, mirando a la sierra del Cabezo... la muralla que esconde el Gredos más alpino.

Navarro, fuerte, noble y generoso, murió como vivió... sin un lamento ni "mal ladrido".